Aún juega, sin avergonzarse, con nosotras, sus muñecas. Después de su regreso del hospital, donde le cosieron aquellas preciosas cicatrices en sus muñecas, siguió jugando a los médicos y obedeciendo a lo que la rolliza muñeca repollo le decía que hiciera con el cúter en su pubescente cuerpo, mientras las demás muñequitas asistían horrorizadas y aterrorizadas a aquel salvaje juego que jugaba con ella, sabedora de que su influjo era pernicioso.
Jugaba obedeciéndola para que no dañara a sus preciosas muñecas, que ocultaba de su vista para que no las tocara y destrozara sus preciosos cuerpecitos. La repollo fue un regalo maquiavélico de un viejo asesino en serie.
M. D. Álvarez
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