Ella no sabía por qué él no había vuelto de aquel extraño viaje. Su suministro era casi escueto y no le quedaban más dosis en su pastillero. Él jamás la habría abandonado, y menos con su espíritu sombrío acechándola. Conocía sus tendencias suicidas y, cuando notaba que su humor cambiaba, regresaba de dónde estuviera. Algo le había pasado; llevaba días con una sombra a su espalda.
Solo él era capaz de sacarla de aquel agujero. Entonces, lo supo: él había caído en una emboscada al regresar, al percibir la sombra oscura de ella. Sus amigos, antes fieles, ahora la habían abandonado a su suerte, pero lo rescataron por ella.
Supo que estaba en un hospital; temerosa, fue a verle. No había reproche alguno en sus hermosos ojos verdes; lo amaba por lo bien que había cuidado de ella.
Ahora tenía que cuidar de él, por lo menos hasta que mejorara. Mientras tanto, debía contener sus pensamientos tenebrosos; su dosis diaria debía bastarle para controlar sus ansias de dejar el mundo. Él era lo único que la mantenía unida a este bárbaro mundo. Su amor y cortesía eran suficientes para traer la luz a su aciago corazón.
M. D. Álvarez
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