viernes, 10 de enero de 2025

En un lecho de hojass frescas.

Con todo el mimo del mundo, la depositó con ternura sobre la mullida cama de hojas frescas que él se había encargado de preparar en el lugar más hermoso, aquel en el que la había visto por primera vez. 

Ella le acarició suavemente su férreo lomo, que se erizó con el leve contacto de su delicada mano. Sus miradas se encontraron; la pasión los embargaba, pero sabían que los observaban y no estaban dispuestos a darles el gustazo de verlos retozar. 

Él se levantó y la cubrió con un manto de helechos gigantes. Se dirigió al riachuelo y buscó entre los cantos rodados. Volvió con una provisión de piedras circulares y se acercó al lecho donde ella lo esperaba. 

Se sentó y cerró los ojos; sintió que ella se movía, pero también percibió un leve crujido frente a él. Cogió una de las piedras que había recogido en el riachuelo y la lanzó con todas sus fuerzas; con efecto de curva, alcanzó a uno de los mirones, que salió huyendo. 

—Será mejor que os larguéis si no queréis perder un ojo —rugió él con furia.. 

Cinco minutos después, dos mirones más salieron huyendo.

Ella se incorporó y lo atrajo con mesura hacia el lecho que tan primorosamente había elaborado él. Era su momento, aquel que habían estado esperando; los dos se amaron con dulzura. 

El sumiso la acarició con sus garras, pero tan suavemente que ella tan solo percibía el calor que emanaba de sus manos. Un leve roce conseguiría llevarla a una explosión de sensaciones placenteras. 

Ella lo mantenía calmado con dulces roces que lo llevaban a querer más. Así estuvieron hasta alcanzar el momento más dulce y apasionado; sus cuerpos se entrelazaron con una pasión irrefrenable. Los dos sucumbieron a sus instintos más íntimos y pasionales.

Ella, humana, lo amaba desde que lo vio en aquel paraje; él era un híbrido entre hombre y lobo y la deseaba desde el primer momento en que sintió su presencia.  

Su historia continuaría con multiples y placenteros encuentros de placer entre los dos, aunque él siempre cuidaba de que nadie los molestara en sus arrebatos de pasión.

M. D. Álvarez

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