viernes, 9 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico. II parte.

Después de ser rescatado, Marcus fue llevado a un hospital en la ciudad más cercana. Aunque estaba físicamente débil, su espíritu permanecía inquebrantable. Los médicos le dijeron que su recuperación sería lenta, pero él sabía que había superado algo mucho más difícil que una convalecencia.

Mientras yacía en la cama del hospital, recibió una visita inesperada. Era ella, la hacker que había movido cielo y tierra para encontrarlo. Su nombre era Angie, y aunque habían trabajado juntos en misiones anteriores, nunca habían hablado de sus sentimientos más profundos.

Angie se sentó a su lado, y por primera vez,  Marcus pudo ver la preocupación y el alivio en sus ojos. "No podía perderte", dijo ella con una voz temblorosa. "Eres más que un compañero para mí".

Marcus sonrió débilmente. "Gracias por no darme por perdido", respondió. "Tu determinación me salvó la vida".

Durante las semanas siguientes, Angie visitó a Marcus regularmente. Compartieron historias de sus vidas pasadas, sus sueños y sus miedos. Marcus descubrió que Angie había perdido a su familia en un accidente años atrás, y que desde entonces, se había refugiado en su trabajo y en la tecnología. Marcus, por su parte, le habló de su soledad en la isla y de cómo la esperanza de ser rescatado lo mantuvo vivo.

Justo cuando Marcus comenzaba a recuperarse, recibieron noticias alarmantes. La organización para la que trabajaban había sido infiltrada por un grupo de espías que buscaban tecnología avanzada para fines nefastos. Angie  y Marcus se dieron cuenta de que su lucha por la supervivencia no había terminado; ahora debían proteger lo que más valoraban.

A pesar de su debilidad, Marcus insistió en unirse a Angie en la misión. Juntos, utilizaron sus habilidades únicas para desenmascarar a los traidores. Marcus aplicó las lecciones de supervivencia que había aprendido en la isla, demostrando que su experiencia en la adversidad lo había hecho más fuerte y astuto

La misión fue un éxito, y la organización estuvo a salvo. Angie yMarcus se dieron cuenta de que su vínculo era inquebrantable. Decidieron tomarse un tiempo para ellos, para sanar y construir una vida juntos. Sabían que los desafíos no habían terminado, pero también sabían que juntos podían superar cualquier cosa.

M. D. Álvarez

Líder débil. II parte.

Marcus cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la palma de Angie sobre su pecho como la única ancla que lo mantenía unido al mundo. La calidez de sus dedos contrastaba de forma desgarradora con el frío helado que aún le recorría las venas, esa punzada amarga que anunciaba la rebelión silenciosa de su propia naturaleza.

​—Morir es un lujo que no puedo permitirme —susurró él, con la voz áspera y quebrada por el cansancio. Intentó esbozar una sonrisa ladina, una de sus habituales máscaras de arrogancia para restar importancia a la situación, pero la mueca se disolvió antes de nacer. Un leve temblor recorrió sus hombros, traicionando su debilidad.

​—Entonces deja de actuar como si fueras inmortal —replicó Angie sin retirar la mano. Sus ojos, profundos y severos, reflejaban una firmeza inquebrantable mezclada con esa sombra de dolor contenido que solo surgía cuando él ponía su vida en juego. —La ciudad no necesita a un mártir en un pedestal, Marcus. Necesitan a un líder con vida. La dualidad de tu linaje te está consumiendo por dentro porque te niegas a escuchar las advertencias de tu propio cuerpo.

​Un silencio denso se apoderó de la alcoba. A través de los altos ventanales de piedra, las luces del atardecer teñían la habitación de un tono cobrizo y sombrío. Al otro lado de la pesada puerta de roble, Marcus podía escuchar el murmullo bajo de Klávdios dando órdenes a la guardia, intentando mantener la calma entre la tropa mientras ocultaba la gravedad de la situación. La carga de la corona y la responsabilidad pesaban sobre él mucho más que la propia fiebre.

​Lentamente, el orgullo de Marcus cedió. Dejó caer la cabeza contra la almohada y soltó un largo suspiro, permitiendo que la tensión abandonara sus músculos. Por primera vez en meses, se permitió despojarse de la pesada armadura del mando.
​
—¿Qué me está pasando realmente, Angie? —preguntó en un susurro casi imperceptible, buscando la verdad en la mirada de la única persona a la que confiaba su existencia.
​Ella inclinó la cabeza con dulzura y rozó con la yema de los dedos la sien de Marcus. Un leve y tibio resplandor pareció brotar de su contacto, aliviando de inmediato la punzante presión tras sus ojos.

​—Tu parte humana está colapsando bajo el peso del poder que intentas sostener —explicó con voz pausada, tan serena como un bálsamo—. La sangre híbrida exige equilibrio, y tú has agotado hasta la última reserva de tu energía sin darte un segundo de tregua. Si no permites que la carne y la magia se reconecten, te destruirás desde dentro.

​Marcus levantó la mano con lentitud y rodeó la muñeca de Angie con delicadeza, encontrando en su contacto el único refugio donde no tenía que aparentar invencibilidad.

​—Está bien —cedió finalmente, cerrando los ojos bajo la caricia de su mano—. Me quedaré. Pero no te alejes.

M. D. Álvarez 

jueves, 8 de octubre de 2026

líder débil.

Ya al levantarse, se sentía raro, cansado y hecho polvo, pero tenía que disimular su malestar. No estaba bien visto que un líder se pusiera enfermo y no acudiera a sus deberes. El malestar iba en aumento hasta tal punto que tuvo que detenerse en la carrera que estaba llevando a cabo; si no lo hubiera hecho, seguramente se habría desmayado.

Un sudor frío le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared áspera de piedra del pasillo, jadeando. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor lejano, amenazante. Desde el suelo, vio cómo sus guardias y asistentes se acercaban con expresión de alarma, pero sus voces llegaban amortiguadas, como a través de un espeso cristal.

—Mi señor, ¿qué ocurre? -La voz de Klávdios, su capitán de la guardia, logró filtrarse. 

—No es nada, solo me he mareado un poco —logró articular Marcus. 

Angie apareció como de la nada y, al verlo tan pálido, se acercó rápido. Sabía que estaba a punto de desmayarse; lo cogió con suavidad y ordenó a sus escoltas que trajeran una silla de ruedas. 

Él quiso desestimar el ofrecimiento, pero en cuanto quiso dar un paso, su vista se nubló. Gracias a que Angie lo sostenía, al cabo de cuatro horas despertó en su mullido colchón. Al girar la cabeza, encontró la mirada grave de Angie; ella era la única que veía a través de su fachada.

—Marcus, debes cuidarte más. Si siguen empujando los límites, te pasará factura. Es más, ya te lo está pasando. Tu sangre híbrida se está debilitando.

Marcus trató de levantarse, pero ella apoyó su mano contra su pecho y dijo: —Si no quieres morir, déjame cuidarte.

Continuará...

M. D. Álvarez.


Apocalipsis.

—Cuando encienda el volcán, no habrá bicho viviente que sobreviva; esa es la ley, -dijo el señor de los volcanes. 

El volcán era una gigantesca montaña dormida. Al parecer, cada vez que el amo lo despertaba, era porque los pobladores de aquel olvidado mundo habían ofendido de forma ineludible al señor de los cielos, quien imponía, por mediación de su hijo, el dueño de los volcanes, un castigo ejemplar. 

—No sobrevivirá ningún poblador ni ninguna criatura; tras su destrucción, el mundo será creado de nuevo con nuevas criaturas y seres maravillosos de notable belleza. Así lo ordena y manda mi padre, y lo cumpliré.

M. D. Álvarez 

miércoles, 7 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico.

Su nave había caído en el Pacífico. Marcus había saltado en paracaídas y caído al mar. Las gélidas aguas infectadas de tiburones lo recibieron heladoramente, pero su corazón abrasador lo mantenía caliente mientras nadaba. A medida que caía su nave, pudo vislumbrar una pequeña isla a unos dos kilómetros de donde se estrelló su aeronave. 

Nadó como si el diablo lo persiguiera, pero en realidad lo que le perseguía era un gran tiburón blanco. Por suerte para él, era un gran nadador y alcanzó la playa antes de que el gran blanco le hincara el diente. Exhausto y casi sin fuerzas, quedó tendido en aquella playa solitaria. Cuando se despertó, ya era entrada la noche; no hacía frío, pero preparó una pequeña hoguera.

Mientras las llamas de la hoguera danzaban, iluminando la oscuridad que lo rodeaba, él se sentó en la arena, tratando de recuperar el aliento y asimilar lo que había sucedido. La adrenalina comenzaba a desvanecerse, y con ella, la realidad de su situación se hacía más evidente. Estaba solo en una isla desierta, con su nave hecha añicos en el fondo del océano y sin ninguna idea de si alguien lo buscaría.

Miró hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo estrellado. La belleza del momento contrastaba con la ansiedad que sentía. ¿Cómo había llegado a este punto? Era un piloto experimentado, pero nunca había imaginado que terminaría así. Sin embargo, su espíritu indomable no le permitía rendirse; debía encontrar una forma de sobrevivir.

Al día siguiente, decidió explorar la isla. Tras un desayuno improvisado de cocos y agua de mar, se adentró en la selva espesa que cubría gran parte del lugar. El canto de las aves y el murmullo del viento entre los árboles lo acompañaban mientras avanzaba. Buscaba señales de vida, algo que le indicara que no estaba completamente solo.

Tras horas de búsqueda, encontró un pequeño arroyo que serpenteaba entre las rocas. Se agachó para beber, sintiendo cómo el agua fresca revitalizaba su cuerpo cansado. Entonces notó algo brillante en el fondo del arroyo; al acercarse más, se dio cuenta de que era un objeto metálico. Con esfuerzo, logró sacarlo del agua: era una brújula desgastada pero funcional.

Con su brújula en mano y un renovado sentido de propósito, empezó a trazar un plan. Si lograba construir una señal visible desde el aire o encontrar algún medio para salir de la isla, podría ser rescatado. Se dirigió nuevamente a la playa y comenzó a recolectar troncos y ramas secas para construir una gran señal en forma de "SOS". 

Mientras trabajaba bajo el intenso sol tropical, su mente divagaba sobre todo lo que había dejado atrás: su familia, sus amigos y su vida antes del accidente. Pero también pensó en las historias que había escuchado sobre personas que habían sobrevivido en circunstancias similares; eso le daba esperanza.

Esa noche, después de un día agotador pero productivo, se sentó junto a su hoguera nuevamente. Las llamas crepitaban mientras él miraba las estrellas parpadear en el cielo nocturno. Sabía que no podía darse por vencido; cada día traería nuevas oportunidades y desafíos. Con determinación renovada, cerró los ojos y soñó con el día en que sería rescatado y contaría sus propias historias de supervivencia.

Por suerte, alguien sí lo buscaba utilizando los European Remote Sensing Satellites (ERS) europeos, los satélites EO-1 de la NASA (EE. UU.) y el Resurs-P de la Agencia Espacial Federal de Rusia (RSA). Angie era una experimentada hacker que utilizaría todos los medios posibles para localizarlo. Él era su único compañero por el que movería cielo y tierra para encontrarlo.

Cuando los satélites pasaron sobre la vertical de la isla, hizo zoom y vio el SOS. Mandó a toda la caballería a la isla. Llevaba desaparecido seis meses; cuando lo encontraron, estaba demacrado y delgado, pero vivo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Alas azules.

Su único deseo era volar, y ella le daba motivos cada vez que la veía. Sus ansias de elevarse sobre los cielos se acentuaban. Una noche, cuando la observaba reír con sus amigas, sintió un ramalazo de pasión y un leve cosquilleo en su espalda, como si algo tratara de nacer. Era incómodo, pero aquella pasión lo embelesaba de tal forma que no le dio importancia. Solo a la noche, cuando la llevó a casa, se quitó la camiseta y ella percibió dos pequeños picos en sus escápulas. Los rozó con delicadeza, haciendo que él se estremeciera. Después de hacer el amor durante toda la noche, se durmieron abrazados. A la mañana siguiente, él se levantó y a su espalda lucían dos hermosas alas azules, como sus ojos.

Las alas se estiraron al primer rayo de sol, como si llevaran años plegadas bajo su piel. Él las miró por encima del hombro, aturdido, mientras los músculos de su espalda se adaptaban a un nuevo peso, ligero y vibrante. Ella despertó y contuvo un grito al verlo: no por miedo, sino por asombro.  

—Puedes volar —susurró, y era una orden, una súplica.  

Él intentó moverlas, torpe al principio, pero bastó que ella rozara una pluma para que las alas reaccionaran, desplegándose en un abanico de azules profundos. La arrastró contra su pecho y saltaron por la ventana.  

El viento los atrapó antes de que cayeran. Él aprendió a golpear el aire con instinto recién nacido, mientras ella se aferraba a su cuello, riendo. No volaban: *caían hacia arriba*, hacia el filo del amanecer donde el cielo se abría como una herida dorada.  

—Siempre supiste que esto pasaría —le dijo él al oído, y ella mordió su hombro en respuesta.  

Las calles se volvieron sombras, luego recuerdos. Ahora eran dos puntos en el mapa del viento, un rumor que los demás contarían como una leyenda: *la del hombre que amó tanto que se convirtió en todo lo que anhelaba*.

M. D.  Álvarez 

martes, 6 de octubre de 2026

Altruista.

En cuanto la vio, supo que no podría abandonarla, por mucho que se lo pidiera, y mira que se lo pidió muchas veces. Pero no pudo dejarla morir en aquel antro de perdición.

La sacaría de allí aunque le costara la vida, cosa que sucedió cuando la hubo rescatado de su prisión.

Prefirió dar su vida a que permaneciera encerrada de por vida y se sentiría satisfecho con su sacrificio.

M. D. Alvarez

Un nosotros.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó Angie, mirándolo con devoción.

—Mi sonrisa arrebatadora —respondió Marcus, con su sonrisa más deslumbrante.

—No, esa es la segunda cosa que adoro de ti. Tus ojillos azules me enloquecen de deseo —dijo ella, sentándose sobre su regazo sin dejar de mirarlo a los ojos, tan azules como el cielo en verano.

Marcus soltó una carcajada vibrante, esa que Angie sentía siempre en el pecho antes de escucharla en el aire. Con un movimiento fluido, rodeó la cintura de ella con sus brazos, asegurándola contra él.

​—Vaya, así que mi arma secreta ha quedado relegada al segundo puesto —comentó él, fingiendo una herida de orgullo mientras sus ojos chispeaban con esa intensidad eléctrica que solo ella lograba encender—. Tendré que esforzarme más para recuperar el trono.
​
Angie acarició los mechones oscuros que caían sobre la frente de Marcus, bajando los dedos por la línea de su mandíbula hasta detenerse en el borde de su labio inferior. El silencio en la habitación se volvió denso, cargado de una electricidad que hacía que el aire pareciera vibrar.

​—No te esfuerces demasiado —susurró ella, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron—. Me gusta tenerte así, un poco vulnerable ante mis confesiones.

​Marcus acortó la distancia final, pero no para besarla de inmediato. Se quedó a milímetros de su boca, dejando que el azul de sus ojos se hundiera en el verde  profundo de los de ella.

​—Si supieras lo vulnerable que me tienes desde el primer día, no presumirías tanto de tus victorias, Angie.

Marcus cerró los ojos un instante, dejando que el calor de Angie y el suave aroma a jazmín que desprendía su piel lo invadieran por completo. El juego de seducción dio paso a algo mucho más profundo, uno de esos momentos donde las palabras sobran y el tiempo parece detenerse en seco.
​Enterró el rostro en el hueco del cuello de ella, aspirando hondo mientras sus manos, antes juguetonas, ahora la sostenían con una ternura casi reverencial.

​—A veces —murmuró Marcus contra su piel, con la voz rota por la sinceridad—, me da miedo que esto sea un sueño. Que me despierte y el cielo no sea tan azul como dices que son mis ojos.

​Angie sintió un escalofrío, pero no de frío, sino de pura conexión. Lo estrechó contra sí, enredando sus dedos en su nuca, ofreciéndole ese refugio que ambos habían buscado durante tanto tiempo. Marcus se separó lo justo para buscar de nuevo su mirada, y esta vez no había rastro de su habitual arrogancia encantadora; solo estaba el hombre que ella amaba.

​—No te vas a despertar —le aseguró ella con firmeza, sellando la promesa con un beso lento, pausado, que sabía a entrega absoluta.

Marcus la observó en silencio, admirando cómo la luz se filtraba entre ellos, y de repente, su expresión se volvió inusualmente seria, aunque cargada de una dulzura que Angie rara vez veía en el mundo exterior.

​—Sabes... —comenzó él, trazando círculos invisibles en la espalda de ella—, siempre he vivido pensando que el futuro era algo que simplemente "pasaba", una serie de eventos que no podía controlar. Pero desde que estás aquí, he empezado a ponerle nombres y lugares a los años que vienen.
​
Angie apoyó la frente contra la suya, escuchando los latidos de su corazón, que ahora marcaban un ritmo pausado y constante.

​—¿Y qué nombres son esos? —preguntó ella en un susurro.

​—Lugares con ventanas grandes, mañanas de café compartido y, sobre todo, la certeza de que no importa lo que pase ahí fuera, siempre habrá un camino de vuelta a ti —confesó Marcus, con una vulnerabilidad que la dejó sin aliento—. Ya no quiero ser un navegante solitario, Angie. Quiero que este "nosotros" sea mi único destino.
​
Ella no respondió con palabras, porque no hacían falta. Se limitó a abrazarlo con más fuerza, aceptando ese pacto silencioso de construir un mañana donde sus miedos no tuvieran cabida

M. D. Álvarez 

lunes, 5 de octubre de 2026

El ancla.

Su paciencia tenía un límite y estaba a punto de saltar por los aires. No habría supervivientes, y Angie se percató de la furia que estaba tronando en la cabeza de Marcus.

—Chicos, será mejor que salgáis —dijo ella, previendo el estallido de rabia.  
El grupo se dirigió a la salida; ella se quedó, era la única que podía tranquilizarlo.

Marcus alzó los ojos y la vio mirándolo como solo ella podía hacerlo. Ladeó la cabeza y dijo:  
—¿Por qué tú no me tienes miedo?  

—Porque te conozco y sé que nunca me harías daño.

Él la miró desconcertado, como si no comprendiera el poder que ella ejercía sobre él y su naturaleza indómita.

La confesión de Angie flotó en el aire cargado de ira, una verdad tan simple y a la vez tan profunda que pareció apaciguar por un instante la tormenta en los ojos de Marcus. La tensión no se esfumó, pero se transformó. Ya no era la presión antes de una explosión, sino el forcejeo silencioso entre dos voluntades.

Marcus dio un paso hacia ella, y el suelo de madera crujió bajo su peso. Su respiración, antes un bufido furioso, ahora era un ritmo grave y controlado.

—No deberías estar tan segura —su voz era áspera, como llena de astillas—. Hay partes de mí que ni yo mismo conozco. Partes que no deberías ver.

Angie no retrocedió. Permaneció firme, su mirada tan constante como la luna en la noche.

—Las conozco —susurró ella—. Y no me asustan. Porque son solo otra parte de ti, no la que manda.

Una extraña mueca, algo entre la frustración y la admiración, se dibujó en el rostro de Marcus. Cerró los puños y luego, con un esfuerzo visible, los abrió. Era un acto de voluntad, un dominio sobre ese instinto primal que minutos antes clamaba por destrucción.

—Eres un enigma, Angie. Eres la lógica en medio de mi caos —dijo, y esta vez su voz era más suave, casi vulnerable. Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaban. El calor de su cuerpo era una barrera física, pero ella no flaqueó.

Alzó una mano, y por un momento tenso, Angie no supo si iba a tocarla o a apartarla de un golpe. Pero su movimiento fue lento, deliberado. Con los nudillos, acarició suavemente la línea de su mandíbula. Era un contacto electrizante, un contraste brutal entre la ferocidad que había en él y la ternura de ese único gesto.

—Eres la única cadena que no logro romper —murmuró, y en sus palabras no había resentimiento, sino una rendición asombrada—. La única a la que no quiero romper.

Angie exhaló un suspiro que no supo que estaba conteniendo. Levantó su propia mano y cubrió la de él, presionándola contra su mejilla.

—No soy tu cadena, Marcus. Soy tu ancla.

Él inclinó la frente contra la de ella, y por primera vez en la noche, el último resto de lucha lo abandonó. Allí, en el silencio que siguió a la tormenta, no había un monstruo indomable ni una víctima temeraria. Solo dos personas cuyo entendimiento mutuo era más fuerte que cualquier furia. Era una tregua, una paz frágil y poderosa, forjada en el lugar más improbable: el centro del huracán.

M. D. Álvarez 

Tres minutos y un despertar.

Tres minutos, tan solo se retrasó tres minutos, y cuando llegó, él ya estaba dormido como un tronco. 

"¿Será la medicación?", pensó para sí. 

Se desnudó y se metió en la cama con él. Lo abrazó con cuidado, pues todavía estaba convaleciente. Lo besó con delicadeza; no deseaba importunar su sueño. Llevaba varias semanas sin pegar ojo y, justamente ese día, se quedaba dormido.

Mientras se acomodaba a su lado, ella no pudo evitar sonreír al verlo tan tranquilo. Había pasado por momentos difíciles, y verlo descansar así le llenaba el corazón de calma. Su mano recorrió suavemente su brazo, sintiendo la calidez de su piel. 

"¿Qué te ha llevado a dormir tan profundo?", murmuró en voz baja, como si él pudiera escucharla en sus sueños.

Los recuerdos de las últimas semanas inundaron su mente: las noches de insomnio, las preocupaciones constantes por su salud y la angustia que había sentido al verlo luchar contra la enfermedad. Pero ahora, en ese instante, todo parecía desvanecerse. 

Se quedó allí, disfrutando del silencio y de la paz que ambos compartían. El suave respiro de él era como una melodía que la arrullaba. Sin embargo, la preocupación seguía latente en su corazón. Sabía que debía estar atenta; aunque él dormía plácidamente, no podía dejar de pensar en lo frágil que era la vida.

Pasaron unos minutos antes de que ella decidiera cerrar los ojos también. Justo cuando estaba a punto de ceder al sueño, sintió un movimiento a su lado. Él se giró lentamente, abriendo los ojos con dificultad.

—¿Dónde estás? —preguntó con voz adormilada pero llena de cariño.

—Aquí —respondió ella, acariciando su rostro—. Solo quería estar cerca de ti mientras dormías.

Él sonrió débilmente, intentando incorporarse un poco más. —Lo siento por hacerte esperar... No quería preocuparme tanto.

Ella rió suavemente, sacudiendo la cabeza. —No te preocupes por eso. Lo único que importa es que estés bien ahora.

Se miraron a los ojos por un momento que pareció eterno. Era un intercambio silencioso lleno de amor y complicidad. 

—Prometo que mañana será un nuevo día —dijo él con determinación..

Ella asintió, sintiendo cómo una ola de esperanza llenaba el aire entre ellos. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado ni cuántas dificultades enfrentaran; mientras estuvieran juntos, sabían que podían superar cualquier obstáculo.

Y así, se acurrucaron el uno contra el otro, dejando que el calor del amor los envolviera mientras el mundo exterior se desvanecía en una suave oscuridad.

M. D. Álvarez 

domingo, 4 de octubre de 2026

Eres valiente.

Aquel gigante estaba castigando su hígado con un puño americano. Sus amigos no sabían cuánto aguantaría hasta perder el conocimiento o la vida. Estaba colgado de las muñecas; en uno de aquellos guantazos brutales, una costilla estuvo a punto de perforar el pulmón, pero lo que no soportaba aquel gorila era que no emitiera ningún quejido. Así que siguió golpeándole con saña hasta que se dio cuenta de que no respiraba. Entonces, lo descolgó y lo arrastró hasta la fosa común.

Sus amigos observaron horrorizados cómo aquel bruto orinaba sobre el cadáver de su líder. Ella se levantó y agarró una barra de acero templado, y le golpeó con todas sus fuerzas. El mastodonte se giró y la observó.

—Eres valiente, pero no te servirá de nada. Tu líder tuvo arrestos para soportar el dolor, pero tú... —dijo, relamiéndose.

Ella trató de golpearlo de nuevo, pero aquel salvaje agarró la barra y la tomó del cuello, susurrándole: —Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.

Habían pasado quince minutos cuando él inspiró de repente. Llenó sus pulmones de aire, aunque el aire era enrarecido y olía a rancio. Cuando acostumbró su vista, se percató de que lo habían arrojado a la fosa común.

Salió arrastrándose; apenas se tenía en pie, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para llegar al lugar donde estaba su equipo. Cuando llegó, vio tres cuerpos; faltaba ella.

Oyó susurros y brutales jadeos; casi no podía pensar. Se dirigió hacia la sala contigua, donde presenció el hecho más abominable: aquel animal la había atado con cadenas y la penetraba salvajemente mientras oprimía con brutalidad sus delicados pechos. No pudo soportarlo; sacó todas sus fuerzas y se lanzó, cargado de la furia más atronadora. El gorila se vio sorprendido y, ante la furia de aquel al que creía haber dado muerte, salió huyendo. Hizo ademán de perseguirlo, pero no podía dejarla así. Rompió las cadenas, la cubrió con una manta y, con delicadeza, la cogió en brazos, dirigiéndose a la sala, donde sus tres amigos permanecían atados e inconscientes.

La depositó con cuidado en el suelo; tenía que sacarla de allí lo antes posible. Ella se movió levemente. Él se agachó para calmarla; ella se encogió temerosa, pero él la tranquilizó: —No tengas miedo, soy yo... siento no haber podido llegar antes.

—Te vi mo... ‐trató de decir con dudas.

—Tengo siete vidas, dijo con suavidad. —Te juro que lo cazaré y le haré pagar todo lo que te ha hecho.

Continuará...

M. D. Álvarez

Pegatinas.

Esta mañana me volví a encontrar la tapa del water levantada. Y estoy segura de que lo hace para molestarme. 

Se lo he dicho cientos de veces y continúa haciéndolo para cabrearme. 

Todos tenemos un límite y yo acababa de alcanzar el mío. Será la última vez que se le olvide. Cada vez que vaya al water se lo encontrará lleno de pegatinas.

M. D. Alvarez 

sábado, 3 de octubre de 2026

Donante.

Rústicamente intercambiaron sus pulseras identificativas, pero siempre con un único fin: el de conseguir un donante sano que les sirviera para intercambiar los órganos necesarios para su subsistencia. No podían esperar su turno. 

Su padre se moría de una insuficiencia renal. Le habían dado seis meses de vida; si no aparecía pronto un donante, no habría nada que hacer.

M. D. Alvarez

La hermana gemela.

A mí me empezaban a entrar las dudas de si verdaderamente murió en aquel accidente.

No se encontró su cuerpo. Nos dijeron que se había incinerado debido a las altas temperaturas que se habían producido en el incendio. Pero yo no podía creérmelo, porque yo la sentía como cuando éramos pequeñas y se cayó a un pozo. Todos creían que había muerto, pero yo insistí en que estaba viva hasta que la encontraron sana y salva donde yo les dije que estaba.

La conexión entre nosotras dos sigue tan fuerte como en aquel momento. Por eso tengo mis dudas y sigo buscando entre los restos calcinados de aquella caravana. Y lo que no podía creer se convirtió en realidad: hallé el colgante que le regalé y del que nunca se separaba. Pero ¿cómo era posible? Yo la sentía a mi lado. Puede que nuestra conexión perdure en el tiempo...

M. D. Alvarez

viernes, 2 de octubre de 2026

Otros gustos.

—Debemos probar otros gustos culinarios —dijo el jovencito licántropo, mirando el plato que le acababan de servir—. No tenía ni idea de qué era aquello, pero tenía una pinta deliciosa.

 —Perdona, ¿me puedes decir qué es esto? —preguntó al camarero, que lo miró sorprendido, nunca habían servido a un jovencísimo licántropo.

 Este le respondió —Causa a la limeña, un pastel frío hecho con capas de puré de papa amarilla sazonada con limón y ají amarillo, relleno de aguacate y atún. ¡Buen provecho, señor!

El licántropo cogió con delicadeza el tenedor y tomó una pequeña porción que se llevó a la boca. En cuanto lo probó, una explosión de sabores inundó sus papilas, que de puro placer sucumbieron al sabor y textura del plato. 

El resto del grupo lo miraba pensativo, preguntándose cuándo le dirían que lleva picante.

—Déjalo, está disfrutando y con muy buenos modales —respondió una de sus amigas, que no lo había visto disfrutar tanto.

M. D. Álvarez 

Encuentro en el Vaticano.

 A mí me empezaban a entrar dudas de que sucediera lo que dijeron.
Era un suceso tan extraordinario que no podía ser real. ¿Dónde se ha oido, que aterrizará un OVNI en medio del Vaticano? Y mucho menos que sus tripulantes descendieran y se declararan católicos practicantes.

Solo podía ser una campaña publicitaria para atraer feligreses. Últimamente habían dejado de acudir a la iglesia como fuente de salvación.

La campaña había sido orquestada por la camarilla de asesores del Papa. Solo les falló una cosa. No sabían que tendrían que enfrentarse con el mejor sabueso de lo desconocido, que les desmontó la campaña en un pis pas.

M. D. Álvarez

jueves, 1 de octubre de 2026

No estoy gordo.

—"Que estoy gordo, bufo, herido en su amor propio.

—"No, mi vida, tú no estás gordo, solo tienes los huesos más densos." Trató de calmarlo poniendo su grácil mano sobre su pecho.

—"Como vuelva a oír a alguno de tus amigos llamarme gordo, lo voy a espabilar, pero no a hostias, lo voy a espabilar a guantazos, — rugió fuera, de sí.

Mientras ella trataba de apaciguarlo, sus amigos se partían el culo y hacían gestos.

—"Os podéis largar de una puta vez o lo dejo que os arree con ganas."

—"Venga, déjalo, no sabemos qué has visto en él."

—"Te estás ganando una somanta de palos. Lo prefiero a él mil veces antes que juntamente con unos desaprensivos como vosotros. Él es más dulce y encantador, también tiene su puntito de mala leche que, como no lo frene, os molería a palos."

Él la miró con dulzura y amor; siempre se preguntó qué había visto en él y ahora lo sabía.

—¿De verdad me prefieres a mí en vez de a ellos? 

—Claro que sí, mi adorable y dulce bribón.

M. D. Álvarez 

El primer cazavampiros.

El primer cazavampiros no fue Van Helsing, sino un tal Caudetts. En 1807, comenzó su lucha contra un sanguinario asesino.

Se presentó en uno de los barrios donde habían desaparecido cierto número de personas.

Sus pesquisas lo llevaron a desenmascarar al supuesto vampiro; idear cómo frenar a tan depravada criatura.

Comprobó que el cuerpo presentaba todos los signos de ser un vampiro, le cortó la cabeza y le clavó una estaca en el corazón.

Aunque ese no fue su último vampiro. Su lucha lo llevó a viajar hasta Austria, donde fue nombrado por el emperador Comisario de Asuntos Especiales.

También se cuenta que luchó como capitán de granaderos. ¿Su nombre? Poco importa, ya que a lo largo de la historia su nombre fue desapareciendo al igual que su tenacidad en la lucha contra los vampiros.

M. D. Alvarez

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Razones para volver.

No pudo reprimirse y salió corriendo al verlo aparecer por la escalerilla. Subió corriendo y se lanzó al cuello de él, que, sorprendido, la abrazó con dulzura.

—¿Qué ocurre, mi vida? —preguntó él con dulzura.

—Te echaba mucho de menos —dijo ella con docilidad.

—Si solo llevo fuera una semana —respondió él con cautela.

—Se me ha hecho eterna el no poder besarte y acariciarte —respondió ella, haciendo pucheros. Sabía que él no se resistiría a sus encantos.

Él sintió un gran pesar, pues tendría que volver a dejarla, pero esta vez por más tiempo. Ella detectó un atisbo de tristeza, pero no preguntó; ahora estaba allí y sería suyo el tiempo que pudiera. Le daría razones para volver junto a ella.

M. D. Álvarez 

Divagaciones.

Si alguna vez visitáis Irún y veis a una chica en silla de ruedas entregada a la escritura, esa seré yo. Estoy comenzando el cuaderno XIV y espero que no sea el último. Mi corazón es inmenso, capaz de albergar a todos mis amigos. Porque un corazón grande equivale a grandes amigos.

Mis musas me acompañan, liberando mi mente de historias aún no contadas, creando mundos sin límites y tejiendo hilos hacia historias inacabadas. Además, soy una observadora de estrellas en pleno nacimiento.

M. D. Alvarez