Tras el cachorro de lobo apareció una preciosa niñita que, con sus regordetas manitas, agarró al adorable lobito. El niño, sorprendido, se acercó con cuidado.
—No muerde —dijo la chiquilla—. Es mi amigo —dijo, acariciando la mullida cabecita del lobito, que, con los restos de la galleta, se deshacía en lametones hacia su dueña.
—Puedo —dijo el niño, ofreciéndole otra galleta.
M. D. Álvarez
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