Con el sudor de su frente, siguió arengando a su pobre caballo para que tirara con más brío de aquel pesado arado y así surcar los mansos prados que esperaban ser hoyados por el majestuoso arado que, como guadaña, iba abriendo en la tierra cortantes surcos donde su áureo portador plantaba las frágiles semillas, hasta que su noble montura se topó con una magna roca.
Él, sudoroso, se dirigió hacia la gran roca que impedía arar tan bellos y adorables campos y, con un pico que alzó con sus fuertes brazos, golpeó sin piedad la gran roca. Mientras ella lo observaba desde la casa, su amor por ella lograba dejar atrás su honorabilidad y gallardía; solo era tierno y cortés con ella, mientras que para el resto era hosco y temerario.
La vio asomarse al porche y, al llamarlo, él se encaminó con paso lento en dirección al pozo, donde se refrescó y se dirigió a su casa, donde ella lo esperaba con la mesa puesta. Él la cogió por la cintura y la besó dulcemente en el cuello. Mientras separaba la silla de la mesa, la sentó con ternura y se encargó de cuidar de ella. Él cogía el perolo del fuego y le servía con delicadeza un cucharón del más exquisito estofado que ella le había cocinado. Después, se sirvió él, sentándose a la mesa. Disfrutaron de una comida llena de sonrisas y gestos cómplices.
M. D. Álvarez
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