Manuel decidió saltarse la merienda cuando iba de exploración al bosque que había al lado de su casa, siempre seguido de su mejor amiguita, que lo acompañaba como un perrillo. Ella no tenía hermanos mayores y él se sentía responsable de ella. Por eso, cuando salía de excursión, iba a buscarla a su casa; la encontraba fuera, sentada en las escaleras. Su cara, que era un poema, cambiaba por completo en cuanto lo veía.
Entraba corriendo en casa y gritaba: "¡Mamá, papá! Me voy con Manuel de excursión", y los dos dejaban de discutir y se asomaban al porche a despedir a su pequeña.
M. D. Álvarez
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