Le dio la idea de embadurnar con aceite los escalones, quién le iba a decir que la broma terminaría con una sonora carcajada de sus amigos al verlo dar con sus huesos en el suelo. Para la hilaridad de su equipo, todos se reían, pero solo ella acudió a ayudarle a levantarse. Le tendió una mano y lo ayudó a incorporarse.
—Ahora solo tengo que idear cómo devolvérsela —le dijo al oído con aquella adorable sonrisa—, y será apoteósica.
—¿Cuándo cesará? Un día de estos te harás daño —preguntó ella con mirada de preocupación.
—Pero esto mantiene al grupo unido y lo necesitan —terció él con aquella expresión encantadora.
M. D. Álvarez
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