No era un ser terrenal; todo lo contrario, era un ser etéreo, fantástico, de una naturaleza indómita. Sin embargo, el resto del mundo lo consideraba una anormalidad por sus grandes alas azules. No debía dejarse ganar por el pesimismo; no iba con su naturaleza, y menos desde que la conoció a ella, una criatura adorable, inteligente, altruista y dotada de una hermosura tal que haria palidecer de envidia a las más bellas diosas del Olimpo
Ella lo vio reposar, arropado con sus grandes alas, en un resplandeciente claro del bosque, donde tuvo a bien iluminar el astro rey a su venerado hijo.
Lo espiaba desde el linde; nunca había visto un ser tan hermoso, adorable y enigmático. De pronto, él desplegó sus alas y alzó el vuelo, no antes de darse cuenta de que ella lo observaba con deseo.
Desde el aire, le dijo: "Nos veremos pronto." Y efectuó un grácil aleteo que lo impulsó hacia su hogar allá en las nubes.
Continuará...
M. D. Álvarez
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