miércoles, 25 de junio de 2025

El Intrépido.

El temple mostrado desde pequeño le acarreó la fama de arrojado y valeroso. Donde los demás salían corriendo, él plantaba cara y no se arredraba ante nadie, ni por grandes y fuertes que fueran; él no se achantaba. Es más, parecía crecerse ante las adversidades y, por eso, su equipo lo llamaba el Intrépido. 

Sabiendo que con él en su equipo no habría nadie capaz de hacerles frente, venció a todos los enemigos de su mundo, lleno de habitantes que coreaban su nombre. Con cada golpe que él recibía, lo devolvía centuplicado. Incluso cuando todos pensaban que todo estaba perdido, él sacaba fuerzas suficientes como para desviar un monstruoso asteroide que los alienígenas habían lanzado contra su mundo. Ahí casi lo perdieron; si no hubiera sido por ella, ahora estaría muerto. Lo llamó y habló con él por medio del intercomunicador.

—No te escucha, está muerto —trataron de decirle.  

La mirada fue suficiente; siguió susurrando palabras de aliento.

—Sé que me oyes. Tú eres el Intrépido, no nos puedes abandonar. No me puedes abandonar, te necesito, susurró suavemente.

—Te oigo, —dijo entrecortado. —No os voy a dejar, ni al mundo ni a ti. Hace falta más que un descomunal asteroide para deshacerse de mí,— respondió con mesura

El Intrépido sintió que la energía que le había dado su compañera recorría su cuerpo. En ese momento, el peso del mundo parecía menos abrumador, y su determinación se renovó. Sabía que tenía que regresar, no solo por él, sino por todos los que contaban con su valentía.

A medida que se acercaba al asteroide, el caos reinaba a su alrededor. Los alienígenas habían comenzado a celebrar su aparente victoria, pero él no permitiría que eso sucediera. Con cada pulso de su corazón, recordaba las palabras de aliento de ella. La imagen de su rostro iluminado por la esperanza le dio fuerzas.

—Voy a demostrarles lo que significa ser el Intrépido —murmuró para sí mismo.

Con un giro audaz, se lanzó hacia el asteroide. El aire vibraba a su alrededor mientras la gravedad lo abrazaba. En un instante crítico, recordó las técnicas que había perfeccionado en años de batalla. Con un grito de guerra que resonó en todo el planeta, desvió su trayectoria justo a tiempo.

El impacto fue monumental. El asteroide se fragmentó en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal. Los alienígenas quedaron atónitos, sus celebraciones silenciadas por la sorpresa y el miedo. Pero él no se detuvo ahí; sabía que debía acabar con la amenaza de una vez por todas.

Mientras los fragmentos del asteroide caían como meteoritos en el espacio, él se dirigió hacia la nave madre alienígena. La furia acumulada dentro de él era imparable. Su equipo observó desde lejos, conteniendo la respiración al ver cómo su líder se enfrentaba a lo imposible.

—¡Intrépido! —gritó uno de sus compañeros a través del intercomunicador—. ¡Ten cuidado! 

Pero él solo sonrió ante la advertencia. No iba a dejarse amedrentar por nada ni nadie. Con una determinación feroz y un corazón lleno de coraje, atravesó las defensas de la nave enemiga.

Dentro de la nave madre, los alienígenas estaban en pánico. El Intrépido avanzaba con pasos firmes, desarmando a sus oponentes con movimientos precisos y decididos. Cada golpe era una respuesta a los ataques pasados y cada victoria personal un homenaje a aquellos que creían en él.

De repente, en medio del combate, escuchó una voz familiar resonar en su mente: 

—Recuerda quién eres. Lucha por nosotros.

Era ella nuevamente, infundiéndole valor en cada palabra. En ese instante comprendió: no solo luchaba por sí mismo ni por su mundo; luchaba por el amor que lo sostenía y lo hacía más fuerte.

Finalmente llegó al núcleo de la nave enemiga, donde los líderes alienígenas estaban reunidos. Con un grito desafiante y lleno de resolución, levantó su arma y se preparó para dar el golpe final.

—¡Por mi mundo! ¡Por ella! —exclamó, sabiendo que esta batalla no solo definiría su destino sino también el futuro de todos los que amaba.

M. D. Álvarez 

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