Lujos no tenía, pero aquel pequeño detalle que ella le regaló era un tesoro muy apreciado por él. Sabía que ella había sufrido dolor y sudor para encontrar algo que a él le fascinaba y que no se lo quitaría ni en un millón de años.
Había recorrido todo el mundo, desesperándose tras una auténtica joya que no fuera de este mundo. Él se lo merecía.
Halló tal piedra en las profundidades de un volcán extinto; lo descubrió mediante un sofisticado grupo de radares que, en vez de mirar hacia el espacio exterior, miraban hacia la tierra buscando irregularidades y distorsiones en el campo de fuerza.
Cuando vio tal distorsión en aquel profundo volcán, se dirigió a él y bajó su escarpada ladera hasta el fondo. Allí descubrió una pequeña piedra de color azul que irradiaba una intensa luz.
Ya en el laboratorio, cortó la piedra en forma de corazón y la perforó en la parte superior para poder engarzarla en un hermoso engarce de oro. Cuando hubo terminado la joya, le puso una cadena de platino y la introdujo en una cajita.
Al día siguiente, cuando él regresó de una de sus misiones más arriesgadas, se la encontró merodeando por los alrededores de su casa.
—¿Estás bien? —le preguntó, sabedor de que algo le rondaba la cabeza.
—Sí. Es que creo que he hecho una tontería. Sé que a ti no te gusta lucir ninguna joya, pero...
—¿Pero qué? —dijo suavemente.
—Te he hecho esto —dijo ella, tendiéndole la cajita con el colgante dentro.
Él tomó la cajita y la abrió; su rostro reflejó su admiración y devoción por ella. Cogió la cadena con el engarce y la piedra, y se la puso. Aquella piedra, con su intenso color azul, reflejaba todo el amor que ella sentía por él.
M. D. Álvarez
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