Cada noche arrullaba su descanso y, por el día, cuidaba de él. Nadie más se atrevía a acercarse a él por miedo a ser devorado. Ella lo alimentaba con mimo; él solo comía de sus manos.
Un día, ella, que hasta aquel momento no lo había tocado, rozó suavemente su cabeza. Él se estremeció, pero no rehuía el contacto; es más, se acercó más a ella, que lo rodeó con sus níveos brazos, besándolo cariñosamente y labio a labio, tiernamente, su rostro.
Ah, no os he dicho de qué criatura se trataba: era un espectacular y majestuoso hombre lobo de 25 años en todo su esplendor.
M. D. Álvarez
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