domingo, 15 de diciembre de 2024

Tras el muro.

Tras aquel ciclópeo muro se escondía la criatura más salvaje, aterradora e irascible de todas. Fue encerrado no porque lo temieran, sino porque había alguien que lo amaba. Ella iba todas las noches a visitarlo, le cantaba bellas melodías que lo apaciguaban y lo sumían en un dulce sueño. Cuando él dormía, ella entraba en aquellos formidables muros para yacer con su amado.

Cada noche arrullaba su descanso y, por el día, cuidaba de él. Nadie más se atrevía a acercarse a él por miedo a ser devorado. Ella lo alimentaba con mimo; él solo comía de sus manos.

Un día, ella, que hasta aquel momento no lo había tocado, rozó suavemente su cabeza. Él se estremeció, pero no rehuía el contacto; es más, se acercó más a ella, que lo rodeó con sus níveos brazos, besándolo cariñosamente y labio a labio, tiernamente, su rostro. 

Ah, no os he dicho de qué criatura se trataba: era un espectacular y majestuoso hombre lobo de 25 años en todo su esplendor.

M. D. Álvarez 

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