martes, 10 de diciembre de 2024

La prohibición.

Oía sus pensamientos mientras dormía. "Deja ya de pensar", le dijo entre sueños, "y ven aquí". Ella no quería causarle ningún problema, pero había ido a su habitación mientras él dormía. 

No sabía qué hacer; si se colaba en su cama, sería complicado ocultárselo a sus amigos. Pero lo quería y sabía que él también la quería. 

Él levantó la sábana lo suficientemente para que ella se metiera. No hubo más palabras, solo el leve roce de su ropa al desnudarse y meterse en su cama. Él estaba rendido, pero adoraba acariciar su piel.

Las manos de él la recorrían con suavidad, como si temiera despertarla. Ella se acurrucó entre sus brazos, disfrutando del calor de su cuerpo. 

La habitación estaba en penumbra, solo entraba la luz tenue de la luna por la ventana. El silencio era roto solo por su respiración agitada y el latido acelerado de sus corazones.

De repente, él se detuvo.

"¿Qué pasa?", preguntó ella en un susurro.

"No puedo creer que estés aquí", dijo él. 
"Pensé que solo era un sueño".

Ella sonrió. "No era un sueño", dijo. "Estoy aquí contigo".

Él la besó en los labios, un beso tierno y lleno de deseo. Ella correspondió al beso con pasión, sintiendo cómo la tensión entre ellos crecía.

"¿Quieres?", preguntó él.

Ella asintió con la cabeza.

Él se apartó de ella y se levantó de la cama. Encendió la lámpara de la mesita de noche y se acercó a ella con una sonrisa pícara en el rostro.

"¿Preparada para una noche de pasión?", preguntó.

Ella sonrió de nuevo. "Más que preparada", dijo.

Se desvistieron con rapidez y se entregaron a la pasión que los consumía. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, explorando cada rincón del otro con una intensidad que los hacía jadear de placer.

La noche se llenó de gemidos y susurros, de caricias y besos ardientes. Olvidaron el mundo que los rodeaba, perdidos en su propio universo de deseo y placer.

Al final, se quedaron dormidos abrazados, exhaustos pero felices. Habían encontrado lo que buscaban: el amor y la pasión que solo ellos podían ofrecerse.

M. D. Álvarez 

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