Ella disfrutaba de su poder sobre él, de cómo un simple roce de sus dedos podía encenderlo. Era un juego que ambos disfrutaban, una danza sensual que los llevaba al límite.
La noche avanzaba entre caricias apasionadas y susurros ardientes, hasta que el alba anunciaba el final de su encuentro.
Al separarse, ella se quedaba con una sensación de satisfacción y poder. Sabía que lo tenía en la palma de su mano, que podía hacerlo perder la cabeza con solo una mirada. Y eso le gustaba. Le gustaba sentir que lo controlaba, que era dueña de su cuerpo y de sus deseos.
Sin embargo, en el fondo, también sentía una cierta inquietud. ¿Y si un día se cansaba de ella? ¿Y si encontraba a alguien que pudiera saciar sus deseos de forma más intensa? Eran preguntas que la atormentaban, pero que se las guardaba para sí misma. Por ahora, solo disfrutaba del momento, de la sensación de poder que le proporcionaba su amante.
M. D. Álvarez
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