sábado, 4 de enero de 2025

El amor entre lobos.

Era un espectáculo verlo retozar en la flor de la vida. Cuando la veía aparecer, se crecía y aparentaba ser un lobo más adulto. Se lucía con grandes cabriolas; le llevaba las mejores presas. Ella lo lamía con ternura y adoración; quería a aquel lobo tan hermoso y cortés, y él se dejaba querer. 

Un día, no la vio y se preocupó. Fue en su busca; su territorio era muy amplio y no la hallaba. Su incertidumbre iba en aumento. Descubrió un gran lobo negro merodeando por el territorio de ella; algo le había pasado. Nunca hubiera permitido que aquel lobo solitario se colara tan campante por su territorio. La encontró tendida al borde de un riachuelo, con contusiones y zarpazos.

La acompañó a un terreno más alto y fue en busca de aquel gran lobo negro. Lo halló en las inmediaciones de una lobera; su lomo se erizó y su espada se arqueó, dándole la apariencia más grande y aterradora. 

El lobo negro pareció no darse cuenta de su presencia hasta que oyó su gruñido. Se volvió y pareció sorprendido de que aquel lobo joven le hiciera frente. No se arredró y cargó contra el joven lobo, el cual lo esquivó de un salto, haciendo que el lobo negro perdiera el equilibrio. El joven aprovechó para lanzar un gran mordisco a la nuca de su contrincante, zarandeándolo. Le rompió el cuello y le llevó el trofeo a su amada, que, preocupada por él, salió a buscarlo. 

Cuando lo vio llegar arrastrando el cadáver de aquel lobo negro, se dio cuenta de que aquel joven lobo la amaba. Corrió hasta él y lo lamió con dulzura y pasión; sería el adecuado para engendrar su camada.

M. D. Álvarez

El lago misterioso.

Ella era una princesa y él era un vulgar guardián que no creía merecer la suerte de haberla conocido. Un vulgar vasallo no debía ni acercarse a la preciosa princesa y, mucho menos, posar sus ojos en ella. Aunque se le hacía duro no mirarla, la adoraba y obligaba a quien osara dirigirse a ella sin su permiso a rendirle pleitesía.

Un buen día, mientras ella se bañaba en un hermoso lago, ella le llamó y le pidió que se metiera en el agua, pues era un día sofocante. 

Él dudó un instante, su corazón latía con fuerza. ¿Cómo podía él, un simple guardián, acercarse a su princesa? Pero sus ojos se encontraron con los de ella, llenos de una confianza que lo desconcertó. Con un suspiro, se quitó la armadura y se sumergió en el agua. El lago era cristalino, y mientras nadaba hacia ella, pudo apreciar su belleza aún más de cerca.

Al llegar a su lado, la princesa lo miró con una sonrisa enigmática. "Sabes", dijo ella, "hay algo especial en este lago. Dicen que quien se bañe en él con alguien a quien ama, vivirá una vida eterna juntos".

Su corazón se aceleró. ¿Era posible? ¿Podría él, un simple mortal, ser digno de tal amor? En ese momento, una niebla comenzó a envolverlos, y una voz misteriosa resonó en sus oídos: "Pero cuidado, el amor eterno tiene un precio".

Al disiparse la niebla, se encontraron en un bosque oscuro y tenebroso. Las estrellas habían desaparecido, y la luna estaba oculta tras nubes negras. Un viento frío susurraba entre los árboles, llevando consigo un lamento ancestral.

"Así que han decidido desafiar las leyes de la naturaleza —dijo con una sonrisa burlona el extraño encapuchado—. "Muy bien. Pero recuerden, el amor eterno tiene un precio, y ese precio es la vida", sentenció el misterioso personaje con aviesa sonrisa.

M. D. Álvarez.

La tromba.

Él se percató de que aquellas nubes no traían nada bueno y levantó el campanario en un santiamén. Sus compañeros le recriminaban su exceso de celo por protegerla; aun así, les pilló una gran tromba de agua. Él se quitó la chaqueta y la cubrió con ella. Se dirigieron a las ruinas de un antiguo templo, donde se refugiaron.

La tromba descargó salvajemente con cortinas torrenciales de agua y truenos aterradores. Ella se abrazó a él; desde pequeña le aterrorizaban los truenos y relámpagos. Él la tranquilizó, besándola dulcemente cada vez que veía un destello.

Hasta que estampó y la tormenta se fue alejando lentamente. Los dos abrazados permanecieron juntos hasta que la tormenta dejó de tronar.

M. D. Álvarez.

viernes, 3 de enero de 2025

La estrella más minúscula.

Él la había llevado al tejado, donde se tendieron y observaron las estrellas. Él le señaló una muy chiquitina y le dijo que había venido de aquella minúscula y casi imperceptible puntito de luz. 

Ella lo miró sorprendida; sabía que era un joven extraño, pero amable y cortés con ella.

Él siguió hablando de cómo había tenido que abandonar su hogar y viajar por el espacio profundo hasta localizar un mundo semejante al suyo en el que rehacer su vida. 

En uno de los muchos mundos en los que percibió vida semejante a la suya, la encontró a ella. Y supo que no tendría que seguir buscando un nuevo hogar; ella sería su hogar. 

M. D. Álvarez 

jueves, 2 de enero de 2025

En las escaleras de caracol.

En aquella escalera de caracol que se dirigía al ático fue donde él se le declaró, y de eso habían pasado ya casi tres meses. Habían fijado la boda para el verano. Se acercaba el gran día y no se le ocurrió a su tío que se casaran en el campanario. Ella, siempre complacida con su querido tío, tuvo que desistir de aquella petición porque en el campanario estaba prohibido oficiar misas.

La víspera de la boda, la niebla se espesó alrededor del campanario. Los lugareños murmuraban sobre el espíritu de una novia despechada, atrapada en el tiempo. 

Aquella noche, él subió la escalera de caracol, decidido a enfrentar el misterio. En la cima, la figura etérea se materializó: la novia abandonada. Sus ojos tristes revelaron secretos oscuros: traiciones, amores prohibidos y promesas rotas. 

El corazón de él se apretó al escuchar la historia. Al bajar, miró a su futura esposa con determinación. No permitiría que su amor sufriera el mismo destino. La boda en el campanario sería su redención. 

M. D. Álvarez  


El cinturón.

Sus piernas largas y torneadas rodearon mi cintura como un anillo abrasador. Habíamos realizado los preliminares con tanta pasión que estábamos a cien.

Sus labios besaban dulcemente mi cuello. Casi logró que perdiera el control cuando llevó su mano más abajo de la cintura hacia el monte de Venus. ¡Qué desilusión cuando se percató de que llevaba un cinturón de castidad!

¿Y la llave? - pregunté entre jadeo y jadeo. - Al cuello de mi amada - respondió sudorosa.

- ¿Y dónde se encuentra tu dueña? - pregunté cada vez más enojada.

Yo, mientras tanto, la acariciaba suavemente en lugares donde nadie más la había tocado, llevándola a una explosión de éxtasis.

Estaba seguro de que ningún hombre podría satisfacerla tanto como yo.

Sin embargo, su cara reflejaba, además de puro gozo y satisfacción, un gesto de mal humor por no poder quitarme el cinturón. Ni siquiera se percató de que llevaba una pequeña llave al cuello. 

Todas las mañanas, sin falta, se queda dormida y cuando se despierta, se ducha y me deja sola. No regresa hasta la noche.

Os parecerá triste, pero yo la amo desde lo más profundo de mi ser.

M. D. Álvarez

Nota: Este relato es pura ficción y no tiene ninguna conexión con personas reales
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miércoles, 1 de enero de 2025

El pasado y el presente convergen en Tamajón.

Dos monedas de oro eran lo único que tenía de mi abuelita y no iba a dejar que se las quitaran, mucho menos aquellos sabelotodos que decían que eran falsas. Mi abuelita me había dicho que las habían encontrado en un yacimiento prehistórico. 

Cuando me hice mayor, me dediqué al estudio de los fósiles y me olvidé de las dos monedas, pero un buen día, en un enigmático yacimiento, encontré lo que parecía un cofre de plata; sin embargo, no era posible, ya que el yacimiento estaba datado en el jurásico. 

Rebusqué en los papeles de mi abuela para ver de dónde había sacado las monedas; era muy organizada y tenía todo organizado por archivadores. Encontré un archivador que decía "cretácico". 

Hojeé sus apuntes y descubrí dónde encontró las dos monedas de oro: fueron halladas en el mayor yacimiento de fósiles y huellas del cretácico en la ciudad de Tamajón, en Guadalajara, España. 

Me propuse descubrir cómo habían llegado aquellas monedas a aquel yacimiento y, del mismo modo, cómo había podido aparecer un precioso cofre de plata en mi yacimiento del jurásico. 

Mientras exploraba el yacimiento de Tamajón descubrí una fisura en el tiempo , pero no era una grieta cualquiera; es una abertura que conecta el Cretácico con el Jurásico. El aire cambia, y sientes la electricidad en el ambiente.

De repente, aparecen dos figuras: un paleontólogo del Cretácico y un cazador de fósiles del Jurásico. Sus ropas son distintas, y sus expresiones reflejan asombro y confusión. 

El paleontólogo del Cretácico, Dr. Ignacio Velasco, sostiene una libreta de cuero llena de dibujos de dinosaurios. Sus ojos brillan al ver las huellas de cocodrilos y terópodos. “¡Esto es increíble!”, exclama en su antiguo idioma. “Nunca imaginé que vería estas criaturas en vivo”.

El cazador de fósiles del Jurásico, Elena Montenegro, lleva una mochila con herramientas de excavación. Su cabello está lleno de polvo de hueso y su mirada es audaz. “¿Dónde estamos?”, pregunta en su dialecto ancestral. “Esto no se parece a ningún yacimiento que haya explorado”.

Yo, como testigo atemporal, me debato en si es mejor que lo descubran por ellos mismos. Fue entonces cuando me descubrieron. ¿Crees que nos entenderá? —preguntó en lo que parecía un antiguo dialecto norteño.

Hola, soy Estuar Draier —dije en lo que yo creí que se aproximaba a su dialecto.

Se quedaron anonadados. El paleontólogo se acercó temeroso, estudió mi atuendo y mis facciones. Parece que la evolución sigue su curso. "Tenemos que regresar", dijo apesadumbrado.  

—¿Esto les pertenece? —pregunté, mostrándoles las dos monedas de oro y el cofre de plata.  

Sus ojos convergieron en los dos objetos.  
—¿Dónde los encontraste? —preguntó ella, visiblemente emocionada.  

—Aquí, en este mismo yacimiento. Los encontró mi abuela.  

—¿Estás seguro? —preguntó ansiosa.  
—Son las dos que le di a Ana —dijo ella entre dientes.  
Al oír el nombre, me di cuenta de que mi abuela era parte del equipo de estudiosos del pasado. En una de las muchas incursiones, conoció a mi abuelo y se enamoró; no pudo volver.  

—¿Qué le ocurrió a Ana? —preguntó él.  

—Se casó con mi abuelo. Nunca nos dijo de dónde había sacado las monedas. Murió cuando yo era un chiquillo, pero antes de dejarnos, me dijo que las había hallado en un yacimiento prehistórico. Ella sabía que yo descubriría su origen.  

El pasado y el presente convergen en Tamajón, y yo soy el vínculo entre dos mundos.

M. D. Álvarez