lunes, 10 de febrero de 2014

El buen servicio.

Suspiró profundamente y recogió los cubiertos. La señora y su hijo se habían encerrado en su habitación completamente a oscuras, con su piel blanquecina,terriblemente demacrada y delgada.

A ella, le estaba terminantemente prohibido entrar en sus aposentos, pero algo tenían que comer y a oscuras subió por las escaleras sin saber que ella sería el último plato que les devolvería el cálido color rosado a la señora y a su vástago.

A la mañana siguiente el ama de llaves y el jardinero se encargaron de enterrar los restos de la cocinera. Y vuelta a buscar otra criada.

© M. D. Álvarez

domingo, 19 de enero de 2014

RS7000

Naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo, pero lo que más le gustó de ella fueron sus preciosas pecas y cabello pelirrojo. Lo demás era opcional, por fin tenía su propia RS 7000 modelo sex.

- Y ahora ¿cómo la enchufo? –Quiso saber el viejillo con ojos picarones.

-Muy fácil, solo tiene que decir su nombre. – Respondió el joven dependiente.

- La llamaré Berta. – Dijo el anciano que no veía el momento de estrenar su nuevo juguete.

- Bien ya está programada para satisfacer sus apetitos, pero le aconsejo que la use con moderación. - Le recomendó el empleado sabiendo los resultados de los anteriores RS 7000

El último cliente que se llevó un robot del mismo modelo, lo activó en la tienda y se lo montó allí mismo.

M. D. Alvarez

Lágrimas de sangre.

Ella lloró lágrimas de sangre, cargando con los pecados de todos. El párroco, avivado por la oportunidad, recogió esas lágrimas en una pequeña botella. No podía dejar escapar la exclusividad de su virgen, y si podía hacer negocio, mejor aún. No eran lágrimas comunes; eran lágrimas de sangre.

La virgen que veneraban era la más antigua de todas, según la leyenda. Apareció en los albores de la humanidad, y se decía que cuando llorara lágrimas de sangre, todo llegaría a su fin. Pero mientras tanto, el negocio seguía en marcha....

©M. D. Álvarez

viernes, 3 de enero de 2014

Prados Soleados.

La mujer que iba en el coche a mi lado, me resultaba vagamente familiar.

-¿No la he visto antes? –Preguntó dubitativo.

- Papá, soy tu hija. Respondió cariñosamente.

-Si… mi hija. Repitió pensativo.

Al cabo de media hora  volvió a preguntar: - ¿De qué nos conocemos?

- Soy Angelica, tu hija.  – Reiteró amorosamente.

- ¿Y a dónde vamos?

- A un lugar muy bonito. - Dijo ella, tratando de ocultar una furtiva lágrima, mientras al fondo aparecía el cartel de la Residencia Prados Soleados. Le había hablado muy bien de aquel geriátrico especializado en pacientes con Alzheimer.


© M. D. Álvarez

domingo, 22 de diciembre de 2013

Aristeo y la abeja.

- Pequeños detalles sin importancia, son los que hacen grandes a los héroes. – Dijo Quirón a su aprendiz.

- Maestro ¿cómo puede hacerme grande, no espachurrar esta diminuta abejita? – Preguntó el joven Aristeo.

- Muy fácil, si le perdonas la vida a esa pequeñina te devolverá el favor cuando más lo necesites. - Sentenció el sabio Centauro.

Aristeo no lo comprendió del todo, pero no la mató. Y al cabo de unos años hizo honor a su nombre, el guardián de las abejas, pues aquella abejita le mostró los secretos de la apicultura.


© M. D. Álvarez

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El zorro y la araña.

- Quizás mañana o pasado, pero ten por seguro que te atraparé. Dijo el zorro, lanzándole una zapatilla.

- Ja ja ja has fallado. - Se rió la araña.

- No te rías que ahí va otra. - Dijo el zorro mientras apuntaba cuidadosamente.

-¡Uyyyy por poco! -Dijo burlona la araña. – Lo dicho, quizás mañana tengas más suerte. –Murmuró mientras se  alejaba por la puerta del jardín.


© M. D. Álvarez

jueves, 12 de diciembre de 2013

¿Con conciencia, o sin ella?

Su conciencia no podría soportarlo y por mucho que lo intentaba ahí estaba ella cuál Pepito Grillo, diciéndole: ¡No lo hagas!

Pero el bol lleno de ositos de gominola, seguía llamándole, al igual que su conciencia que seguía erre que erre.

Estaba comenzando a mosquearse con ella y recurrió al personaje de color rojo, con cuernos y cola, que le dijo:

¡Adelante, que no pasa nada! - Mientras empujaba a su conciencia que se retiraba vencida.

M. D. Alvarez.