Como todos los días, cogió el pequeño estuche, su clip billetero y se enfundó en la cartuchera su Magnum Parabellum. Hoy le tocaba proteger a la joven de ojos verdes y escultural cuerpo.
Tenían la misma edad y a ella le gustaba que él fuera su guardaespaldas y la defendiera de todos los niñatos que revoloteaban a su alrededor, que solo buscaban acostarse con ella.
Ella ya tenía en mente con quién quería acostarse, pero antes de nada quería ir a bailar a una macrodiscoteca, lo que le obligaría a esforzarse al máximo con los más que babosos moscones que la rondaban. A ella le excitaban las furtivas miradas de desaprobación que él le dedicaba cada vez que incitaba a alguno de aquellos gamberros.
Antes de finalizar la noche, se le acercó sinuosamente y le pidió que bailara para él en un sitio privado. Él era un profesional y no debía mezclar el trabajo con el placer, así que declinó la oferta de la joven, que, airada, le arrojó una copa de champán. Él le dijo que, después de terminar su turno, podría hacerle ese bailecito si lo deseaba.
—¿Cuándo termina tu turno? —preguntó ella con aire de suficiencia.
—En media hora —le dijo él con media sonrisa mientras apartaba la manaza de aquel orondo camionero del delicado hombro de ella. Está ocupada, o estás ciego —le espetó, lanzándole una mirada rabiosa.
M. D. Álvarez
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