Si estaban en el mismo lugar, era un espectáculo verlo a él con toda su gallardía y temple, brillando con una luz ancestral, atávica, que lo llenaba todo a su alrededor.
Ella era más dulce y comedida al mostrar sus sentimientos, pero la luz que irradiaba era mágica y maravillosa. Estaban unidos desde el comienzo de la existencia por unos hilos dorados, inquebrantables e indestructibles.
Cuando él la veía, la sensación de placer era inconmensurable y palpable; su deseo era irrefrenable. Ella lo mantenía a raya, pero también lo deseaba con una pasión abrasadora.
Todas las noches, ella lo observaba mientras él se bañaba bajo los tenues y plateados rayos de la luz de la luna en una preciosa laguna cuyas aguas cristalinas lo mostraban en todo su esplendor.
Magníficamente dotado, ella disfrutaba viéndolo bañarse. Un día, ella se mostró a él comedida y casi avergonzada; él la invitó a unirse en el baño. Ella se desnudó y él la introdujo en las pristinas aguas que la acogieron con ternura, haciendo que perdiera su rubor. Pero sin levantar la mirada de las claras aguas, viendo su cuerpo desnudo, intentó cubrirse.
Él le levantó la cara dulcemente y con ternura le dijo: "Te quiero desde el comienzo de la creación; tu belleza es incomparable. No tienes de qué avergonzarte. Si te molesta que te vea en todo tu esplendor, me daré la vuelta."
No, mi hermoso galán, no te vuelvas. Yo he disfrutado viéndote en todo tu esplendor. Desearía que disfrutaras de mi cuerpo —dijo ella, sonrojada.
Los dos evaluaron sus magníficos cuerpos; su hilo dorado los mantenía unidos para toda la eternidad.
Harían florecer su pasión continua con verdadero deseo de placer, que sería satisfecho con noches en las que dejaban fluir sus deseos más mundanos, amándose apasionadamente en aquellas aguas puras.
M. D. Álvarez
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