Él estaba sentado en un banco de un parque con un helado de lima. Los sabores ácidos le encantaban. La vio venir, su corazón se aceleró; no sabía por qué, pero cada vez que la veía se ponía nervioso.
Ella llegó hasta él, le cogió el helado, le dio un bocado y se lo devolvió. Él sonrió; ella odiaba la lima.
—¡Buah! ¿De qué es el helado? —dijo ella, visiblemente contrariada.
—De lima, mi favorito —dijo él, terminándose el helado. Se levantó, fue a la heladería y compró uno de arándanos y vainilla. Volvió y se lo dio—. Tu favorito.
Ella lo miró incrédula; conocía sus gustos, lo mira sorprendida por su gesto.
"¿Cómo sabes que me gusta el de arándanos y vainilla?"
Él se encoge de hombros, fingiendo indiferencia.- "Lo adiviné."
Ella sonríe, pero hay algo en su mirada que lo inquieta. Se acerca y le susurra. "No tienes que adivinar nada. Te conozco mejor de lo que crees."
Su corazón se aceleró; lo había reconocido. Se acordaba de cuando eran niños.
M. D. Álvarez
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