domingo, 23 de febrero de 2025

Mató por ella.

Un cuarto de siglo llevaba en este depravado y atosigado mundo, dañino para su existencia; su mera existencia lo hacía blanco de los cazarecompensas avariciosos. 

El único lugar donde se sintió a salvo era cerca de ella, una hermosa campesina. Ella no lo veía como un ser único; lo veía diferente a todos, pero de la misma naturaleza que la nuestra. Todos somos hijos de las estrellas, y a ellas debíamos regresar.


Su pelaje dorado lo hacía único; sus padres, un fiero lobo negro y una loba blanca, le habían dotado de su precioso pelaje dorado, que él solo permitía que ella lo acariciara mientras dormía. Ella lo alimentaba con trozos de carne. Cuando ella no estaba, él se las arreglaba para esquivar a los cazadores y cobrarse una pieza con la que alimentarse. 

Sabía cuándo ella estaba en casa; su olor le avisaba. Pero aquella vez detectó terror en su aroma y salió disparada siguiendo su rastro. La encontró inconsciente y supo que era una trampa.

Buscó las ubicaciones de los cazadores que intentaban darle caza. Los descubrió escondidos en una trinchera oculta en el bosque. Sigilosamente se acercó y saltó sobre ellos, que ni tuvieron tiempo de respirar. Los masacró. Luego fue a recogerla; seguía inconsciente. Ella sintió cómo, dulcemente, la recogía del suelo y la llevaba a su casa.

La dejó sobre la cama y la cubrió con una manta. Se fue de nuevo a la laguna, donde se solía bañar, y limpió su pelaje de los restos sanguinolentos de los cazadores, volviendo con ella. Cuando se despertó y lo vio asomado a los pies de la cama con aquella mirada tan azul, supo que algo había cambiado.

Debían partir; aquel lugar ya no era seguro para ninguno de los dos. Vendrían más cazadores y no dejarían de buscarlo. Ella comprendió y le siguió; había encontrado un lugar alejado de todo y de todos donde nadie los encontraría jamás.  

M. D. Álvarez

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