—Perdona, me quitas el sol —dijo ella sin ni siquiera moverse.
El joven ni se inmutó y permaneció de pie con su tabla de surf.
—Parece que no me has oído —dijo ella con paciencia.
—Sí, te he oído; solo quería cerciorarme de que eras tú —respondió él.
—¿Sí, soy yo...? —comenzó a decir, levantándose. Al verlo, lo reconoció: era su antiguo compañero de universidad con el que había fantaseado todos los años.
—¿Qué fue de ti? Al acabar la universidad, desapareciste —dijo ella con reticencia.
—Me enrolé en los marines y después te busqué, y mira tú por dónde te encuentro en mi playa favorita —dijo él sonriendo.
Tenía aquella maravillosa sonrisa y sus increíbles ojos azules.
—Nunca te olvidé —dijo él, señalándose la espalda. Llevaba un neopreno que tenía bajado hasta la cintura; ella observó un impresionante tatuaje con su nombre entre dos águilas. Ella se ruborizó; sabía que él era un gran chico y la había estado buscando.
Ella se quedó sin palabras, observando el tatuaje con su nombre. El sonido de las olas y el calor del sol parecían desvanecerse mientras sus miradas se encontraban.
—No puedo creer que estés aquí —dijo ella, con la voz temblorosa.
—Siempre supe que te encontraría —respondió él, acercándose un paso más.
Ella sonrió, sintiendo una mezcla de alegría y nerviosismo. Sin pensarlo dos veces, lo abrazó. El tiempo parecía detenerse mientras se fundían en un abrazo que había esperado años.
—¿Te gustaría dar un paseo? —preguntó él, señalando la orilla.
—Me encantaría —respondió ella, tomando su mano.
M. D. Álvarez
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