Sus increíbles ojos azules lo abarcaban todo. Tenía un solo deseo: encontrarla a ella. Se había perdido en la inmensa jungla de apabullante y sofocante humedad. Las gigantescas hormigas rojas subían por los árboles, persiguiendo a víctimas para llenar su despensa. Los distintos tonos de verde eran exagerados.
Sabía que lo observaban; había percibido un leve movimiento detrás suyo. Exquibó un pequeño dardo que se clavó en uno de los gigantescos árboles. Su naturaleza salvaje e indómita hizo que agarrara al que lo había atacado: era un homínido de corta estatura que, presa del pánico, se desmayó.
Percibió el olor a ella en aquella criatura, la ató y esperó a que se despertara. Su aspecto cambió; dejó de ser aquella fiera salvaje. Cuando aquel homínido se despertó y lo vio a él, buscó a aquella fiera.
Él le mostró una fotografía de ella y él pareció reconocerla. Lo guió hacia un descampado donde se veía humo y cabañas. Todo parecía en calma, pero su naturaleza indómita le advirtió. Su transformación fue... casi instantánea. Dando un susto de muerte al pequeño primate, lo dejó atado y amordazado, y se adentró en el pequeño poblado.
Vio las cosas de ella en una de las chozas, pero ella no estaba. Vio huellas que se alejaban del poblado y las siguió; lo condujeron a un altar donde estaba ella, ferreamente atada, pero algo iba mal: no había ni rastro de los pequeños homínidos.
El altar al que estaba encadenada era de tamaño ciclópeo; la estaban ofreciendo como sacrificio, pero a que no iba a esperar a averiguarlo, destrozó las cadenas con sus garras. Ella se agarró a su cuello y comenzó una huida frenética.
Algo de grandes proporciones se acercaba, derribando los árboles. Él era ágil, iba saltando, esquivando obstáculos hasta que llegó al pequeño poblado.
Prefirió rodearlo; sus sentidos estaban disparados. Detectó cien homínidos ocultos en las chozas. No tenía ganas de lidiar con aquellos primates; además, seguro que lo que le seguía daría buena cuenta de aquellas satánicas. Ella seguía férreamente agarrada a su cuello. Llegó al lugar de extracción y la dejó suavemente en el suelo.
—Espérame aquí —dijo él.
Se adentró en la frondosidad de la jungla, que antes era bulliciosa; ahora no se oía nada en absoluto, solo el retumbar de su corazón y la caída de los árboles desgajados de raíz por un ser del que emanaba un olor nauseabundo.
Parecía dirigirse al punto de encuentro; debía pararlo o no lograría rescatarla. De pronto, frente a él apareció una criatura pavorosa que era cuatro veces su tamaño.
No se arredró y le hizo frente; por muy fuerte que fuera, aquella criatura era muy lenta. Su aspecto era del todo aterrador: cuerpo de hormiga roja, patas de tarántula y cabeza de mantis religiosa.
Él era más ágil y esquivaba todos los ataques, buscando la forma de cercenar la cabeza, hasta que pareció cansarse, cosa que él aprovechó para desgarrar el cuello de la criatura y arrancárselo de cuajo. Terminó con aquel monstruo de pesadilla. Ya podía volver con ella; lo estaba esperando donde él le dijo. Diez minutos después, fueron recogidos por un helicóptero y llevados a la costa.
M. D. Álvarez
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