Su relación era un secreto; nadie debía conocer su vínculo con la bonita embajadora, que era una figura pública sin tacha, y él era un aguerrido capitán de las fuerzas especiales.
Se habían conocido en un tugurio donde ella se metió por despiste. La vio tan azorada y perdida que se ofreció a acompañarla a su casa. Ella dudó un poco, pero al ver el percal de los especímenes que frecuentaban aquel antro, aceptó. Él parecía el menos salvaje de todos aquellos brutos.
M. D. Álvarez
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