Un día, él observó a unos exploradores; había uno que le llamó poderosamente la atención por su larga cabellera de pelo rojo. Lo observó con detenimiento, acercándose sin ser visto y oliendo su cabello sin que ella se diera cuenta. Cogía algunas de sus cosas sin que se percataran. Percibió el disgusto de ella al notar que faltaba un pequeño artefacto circular que él se había llevado el día anterior. Al percibir su tristeza, cogió una de sus más hermosas flores cultivadas en el corazón mismo de su selva. Ella se sorprendió al ver aquella maravillosa flor en su mochila; era un tipo de flor que nunca había visto. Se quedó despierta para saber quién le había dejado aquella hermosa flor. Cuando lo vio surgir de la floresta, no daba crédito a sus ojos: era un adorable hombre lobo con el pelaje más maravilloso que ella había visto.
Se incorporó cuando él se agachaba para dejarle otro presente. Al verse descubierto, quiso huir, pero ella lo agarró de su garra. "No tengas tanta prisa", dijo ella en un susurro; no quería que su equipo lo viera. Ya conocía a la corporación para la que trabajaba: si descubría algo extraordinario, lo cogía y lo destruía para quedarse con lo que merecía la pena.
Por eso, cuando lo vio, su interés científico dejó de ser necesario y lo llevó fuera del perímetro.
—Si te quedas aquí, te descubrirán y no te gustará lo que te harán —le dijo. —Como si me entendieras — se dijo para sí.
Pero él pareció entenderla y la invitó a seguirlo. A cada paso que daba la selva parecía recobrar su energía
M. D. Álvarez
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