Lo vio aparecer bajo un rayo de luna que hizo que su luz se magnificara. La vio y se detuvo; su mirada reflejaba todos los horrores sufridos en las profundidades del bosque. Su rostro, más delgado y pálido, reflejaba el dolor. Ella corrió hacia él y lo abrazó. Bajo sus rayos, notó lo delgado que estaba; lo sostuvo con cuidado y lo llevó a la cabaña.
Lo sentó a la mesa y avivó el fuego, calentando un asado que él devoró despacio.
Cuidadosamente, dejó un saquito de tela sobre la mesa.
"¿Lo encontraste?" dijo, mirando fijamente la bolsita.
"Te prometí traerte el corazón del bosque," dijo él con una voz tranquila pero cansada.
Ella lo miró; él era capaz de todo por amor y la quería más que a su vida.
Ella le preparó un baño caliente y le ayudó a quitarse sus ropas, gastadas por un año. Su cuerpo estaba casi en los huesos, aunque lo peor eran las atroces cicatrices.
"Mi sol, ¿por qué no volviste antes?" susurró, sollozando.
"Te dije que no volvería hasta haber conquistado el corazón del bosque."
"¿Pero a qué precio?" dijo ella, limpiando con delicadeza su cuerpo.
No te preocupes, con tu ayuda y tus guisos estaré como nuevo en poco tiempo —dijo él, besándola.
Tras ayudarlo a bañarse, lo envolvió en la gran manta de oso que él cazó para ella.
Continuará...
M. D. Álvarez
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