Mientras él dormía, ella lo observaba con dulzura; era su pastor favorito, al que le consentía todo. Ella era la diosa del bosque y su mayor deseo era aquel tierno pastor. Lo colmaba de atenciones, lo mimaba, hacía que sus hermosos y rollizos bueyes pastaran en sus verdes pastos. El tierno pastor se solazaba y disfrutaba de las atenciones de la diosa.
Ella lo deseaba y, una noche, el dulce pastor durmió al raso, al lado de una hoguera. Ella lo vio y no pudo resistirse a su adorable hermosura. Se recostó a su lado y lo amó con melosidad y cautela. Al terminar la noche de pasión, ella desapareció durante nueve meses, durante los cuales el dulce pastor apacentó a sus preciosos bueyes en los tiernos pastos de su adorada diosa. Transcurrido un tiempo, ella volvió, trayendo consigo un precioso bebé de ojos azules y pelo en bucles de un negro prístino.
El encantador pastor supo enseguida que el pequeño era hijo suyo y, dulcemente, se aproximó a su amada diosa y la besó como solo él sabía hacerlo, haciendo que ella se derritiera por él. Los tres disfrutaron de un maravilloso atardecer.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario