La personalidad de él lo hacía ser valiente, aguerrido y osado; solo lograba controlar su genio cuando la persona que más quería se dirigía a él.
Entonces, su valor y coraje se convertían en nerviosismo y desasosiego, y ella lo sabía. Conocía su debilidad por ella y eso le acarrearía dificultades, pero también conocía su bravura.
Tantas veces laureado por su valor en el combate, se merecía que ella lo ayudara a perder esa timidez con ella.
Cuando estaba de maniobras, sintió que algo iba mal. No lo percibía, no lograba visualizarlo, hasta que uno de sus compañeros, con la cara desencajada y visiblemente apenado, le entregó una bolsa. No podía creerlo: habían derrotado a su aguerrido y valeroso compañero.
Cuando abrió la bolsa, se horrorizó; su magna cabeza yacía a sus pies, seccionada salvajemente por los esbirros con los que tantas veces había combatido.
@M. D. Álvarez
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