Era la cosita más dulce que ella se había encontrado. "Hola, pequeñín, te has perdido", dijo al cachorrito de lobo. Nublar tenía unos rasguños. "Ven que te curo", dijo ella, extendiendo sus adorables brazos hacia él.
Él le gruñó, pero percibió que no quería hacerle daño y avanzó renqueante hasta sus blancos brazos. Ella lo cogió con delicadeza y notó que estaba en los huesos. Preparó un biberón que se tragó en dos minutos. "¡Pues sí que tienes hambre!", exclamó, y le preparó otro biberón. "Pero tómatelo despacito". El chiquitín pareció comprender y se tomó el biberón muy despacito, disfrutando; su cola se meneaba de felicidad.
"Ahora vamos a ver esos rasguños", dijo ella, dejando el biberón sobre la mesa. Su aterciopelada barriguita tenía varios desgarros. "Parece que te hicieron daño, terroncito de azúcar".
Él lamía las manos de ella cuando intentaba ver su dentadura en su pequeña boca. Sus diminutos dientes habían mordido al atacante. "Pero tú te has defendido. Te llamaré Ágria Dóntia por tu linda dentadura"..
Él se volteó al oír el nombre. "Vaya, parece que te gusta. Esto te va a escoger", le dijo, aplicando agua oxigenada. No emitió ningún quejido; eres un valiente, Ágria Dontia.
M. D. Álvarez
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