domingo, 6 de abril de 2025

Nueva especie.

Su piel se tensaba con cada torsión hasta resquebrajarse y dejar paso a una piel de terciopelo dorado. 

Su criatura interior se abría paso a cada retorcimiento de la fiera, por mucho que tratara de retenerla. Aquella salvaje criatura se revolvía y torturaba a su anfitrión, que finalmente, roto de dolor, dejaba a su bestia campar a sus anchas hasta que se desfogara y saciara sus apetitos más insanos. 

Y cuando, agotada, la criatura se durmiera, él recuperaría el control y devolvería a su brutal criatura a su encierro.


Pero esta vez, algo era diferente. La criatura, en su frenesí, había descubierto un nuevo deseo, uno que no se saciaba con la simple destrucción. 

Sus ojos dorados brillaban con una inteligencia renovada, y su anfitrión, aún en su dolor, sintió un atisbo de esperanza. Quizás, solo quizás, podría llegar a un acuerdo con la bestia. 

Mientras la criatura se movía con una gracia letal, él comenzó a susurrar, palabras de entendimiento y promesas de libertad controlada. 

La criatura se detuvo, sus orejas se alzaron, y por primera vez, escuchó. La batalla interna tomaba un nuevo rumbo.

La criatura, intrigada por las palabras de su anfitrión, se acercó lentamente, sus movimientos ahora más calculados y menos frenéticos. Él, sintiendo la oportunidad, continuó hablando en voz baja, prometiendo un equilibrio donde ambos pudieran coexistir sin dolor ni destrucción. 

La bestia, con sus ojos dorados fijos en los suyos, parecía considerar la propuesta. Lentamente, la tensión en su cuerpo comenzó a disminuir, y su piel de terciopelo dorado se suavizó. Por primera vez, la criatura no solo escuchaba, sino que también parecía comprender. 

Su anfitrión le ofreció coexistir sin dolor ni torturas; libertad sin aflicción. Su unión debía ser completa. El nuevo ser que nacería de su unión tendría la inteligencia y sabiduría del anfitrión, y la fuerza y velocidad de la criatura.

M. D. Álvarez 

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