Excitada por su sola presencia, se derretía por él, un magnífico ejemplar de licántropo en la flor de la vida.
Él la había detectado por su olor; olía a fresas y adoraba ese aroma, lo excitaba. Ella se sorprendió al ver que se dirigía a su escondite.
Intentó huir, pero se resistía a creer que la hubiera detectado. Para cuando se quiso dar cuenta, él estaba a su lado, la miraba con aquellos intensos ojos azules. "Adoro tu olor", dijo, olfateándola con delicadeza. Ella se ruborizó cuando él se acercó un poquito más. "Eres encantadora; tu rubor me atrae", dijo él, visiblemente excitado.
Ella lo acarició tímidamente; él se estremeció apasionadamente.
—¿De verdad? —preguntó ella, con un hilo de voz—. ¿Te gusta mi olor?
No solo tu olor, sino todo de ti. Tienes algo primario que me llama . Dijo él sonriendo mostrando los colmillos
M. D. Álvarez
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