lunes, 14 de abril de 2025

La cañada real de la Manchica.

La trashumancia de cabras que parte desde La Manchica es una celebración que casi cae en el olvido, si no fuera por un gran escritor que quiso plasmar las vivencias de un pastor llamado Federico, quien se había tenido que ver con grandes peligros, no solo para él, sino también para sus exclusivas cabras de las mesetas. Eran cabras perfectamente adaptadas a la montaña; su denominación biológica es Capra aegagrus hircus.

Bueno, como iba contando, Federico y sus perros mastines recorrían todos los años, al acabar el verano, la ruta de la Cañada Real de la Mancha, donde debía enfrentarse a osos y linces que, al carecer de comida, atacaban a sus cabras y cabritillos.

Hubo una vez en que tuvo que hacerse el muerto cuando sus preciosas cabras fueron atacadas por un oso furioso. Menos mal que los grandes mastines protegieron a sus cabras exclusivas y él salió sin ningún rasguño. El escritor vivió de primera mano el encuentro con un gran oso que acabó pasando de las suculentas cabras y de sus guardianes. .

Federico, con el corazón aún latiendo con fuerza por el reciente encuentro con el oso, decidió que era hora de descansar. Sus mastines, fieles y valientes, se acurrucaron cerca de las cabras, vigilando atentamente cualquier movimiento en la oscuridad. La noche en la montaña era fría y silenciosa, interrumpida solo por el ocasional aullido de un lobo lejano.

A la mañana siguiente, Federico se levantó con el primer rayo de sol. Sabía que aún quedaba un largo camino por recorrer antes de llegar a los pastos de invierno. Las cabras, rejuvenecidas por el descanso, comenzaron a pastar mientras él preparaba un desayuno sencillo. El escritor, fascinado por la resiliencia de Federico y sus animales, tomaba notas rápidas, intentando capturar cada detalle de esta vida tan diferente a la suya.

El viaje continuó sin mayores incidentes hasta que, un día, al cruzar un estrecho desfiladero, se encontraron con un grupo de linces. Los felinos, hambrientos y desesperados, miraban fijamente a las cabras. Federico, sin perder la calma, ordenó a sus mastines que formaran un círculo protector alrededor del rebaño. Los linces, al ver la determinación de los perros, decidieron no arriesgarse y se retiraron lentamente.

Finalmente, tras semanas de arduo viaje, Federico y su rebaño llegaron a los pastos de invierno. El recibimiento fue cálido y festivo. Los otros pastores, inspirados por la valentía de Federico, comenzaron a considerar la posibilidad de retomar las antiguas rutas de trashumancia. 

El escritor, conmovido por la experiencia, prometió que contaría la historia de Federico y sus cabras para que nunca se olvidara la importancia de esta tradición milenaria en todos los pueblos adyacentes desde donde partía la rebaño de cabras de este afanado pastor.

M. D. Álvarez

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