Ella se acurrucó más cerca de él, sintiendo el latido de su corazón acompasado con el suyo. El café caliente en el termo les ayudaba a mantener el calor, pero era la compañía mutua lo que realmente les reconfortaba.
De repente, una estrella especialmente brillante cruzó el cielo, dejando una estela luminosa que pareció durar una eternidad. Ambos cerraron los ojos y pidieron un deseo, sabiendo que, aunque no lo dijeran en voz alta, sus corazones estaban sincronizados.
La noche avanzaba y el frío se hacía más intenso, pero ellos no querían moverse. Cada momento bajo aquel cielo estrellado era un tesoro, una memoria que atesorarían para siempre. La lluvia de estrellas continuaba, y con cada destello, su amor se fortalecía, iluminado por la magia de la noche.
M. D. Álvarez
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