Había
algo en aquel ser que me atraía, me resultaba vagamente familiar. Sus ojos de
un color ambarino, me escrutaban hasta lo más profundo de mí ser.
Me
acerque un poco más y pareció asustarse, pero no retrocedió. Espero a que yo
diera el primer paso y avanzo cauteloso.
-
¿No me conoces? –le oí decir
-
Me eres vagamente familiar.
-
Tienes, mis mismos ojos. –dijo mientras sus colmillos asomaban, bajo una dulce
sonrisa.
- Te prometo que no te dolerá, hija mía. – Dijo, antes de morderme el cuello.
Al
fin, había encontrado a mi padre y los dos, somos ahora criaturas de la noche.
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