Se conocieron muy jóvenes y de diferentes familias: él, un niño apocado pero con un gran corazón; ella, altruista y desinteresada ante las fachadas de los maromos que la atosigaban.
Un día, lo vio encararse con uno de aquellos matones por haberle faltado al respeto. El matón, sin argumentos, le saltó un colmillo de un guantazo.
Aquello la enfureció y se interpuso entre los dos. El gamberro, muy ufano, se rió, pero ella le asestó una patada en la entrepierna y salió corriendo, agarrando al joven de la mano. Lo arrastró lejos de allí.
M. D. Álvarez
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