jueves, 28 de agosto de 2025

Su voz meliflua.

Increíble pero cierto, su melosa voz le transportaba a su desaparecido hogar, al que no podía volver porque fue abrasado por una supernova. 

Aunque sus recuerdos de la niñez lo hacían sonreír, después recordaba cómo toda su familia lo protegió enviándolo lo más lejos posible de todos sus seres queridos. 

Ella reconocía sus altibajos de humor, pero sabía que si le cantaba mientras permanecía dormido, conseguiría hacerlo feliz, aunque solo fuera momentáneamente. Su rostro enojado se transformaba en el ser que ella amaba: un hombre feliz. 

Y en aquel momento, ella necesitaba hacerlo feliz. Su última intervención lo mandó directo a una cámara de estasis donde lo mantenían con vida.

M. D.  Álvarez 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Una cena y algo más.

No sabía lo bien que le quedaba aquella negligé de satén rojo. La había invitado a una cena y todavía se preguntaba cómo habían pasado del comedor a su habitación. Siempre había sentido algo por ella, y ella lo sabía. Se había puesto un precioso vestido de seda rojo con zapatos Jimmy Choo a juego. Adoraba verlo descolocado y nervioso, pero conocía la docilidad con ella .

El ambiente estaba impregnado de un suave aroma a vino tinto y velas encendidas, creando una atmósfera perfecta para la intimidad que ambos anhelaban. Él se pasó una mano por el cabello, intentando recobrar la compostura mientras la miraba con admiración. Aquella negligé de satén rojo abrazaba su figura como si hubiera sido hecha a medida, resaltando cada curva con elegancia.

—No puedo creer que estés aquí —murmuró, su voz apenas un susurro.

Ella sonrió, un destello travieso en sus ojos. —¿Y por qué no? Siempre has querido que esto sucediera.

Él se acercó un poco más, sintiendo la tensión en el aire. —Lo sé, pero nunca pensé que llegaría este momento. 

—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó ella, dando un paso hacia él, su mirada fija en la suya.

La proximidad hizo que su corazón latiera más rápido. Él tragó saliva y tomó aire. —Quiero… quiero que sepas cuánto significas para mí.

Ella arqueó una ceja, divertida. —¿Solo eso? ¿Después de toda esta cena y el vino?

Él soltó una risa nerviosa. —Quizás debería ser más directo.

Sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia ella y capturó sus labios en un beso suave pero intenso. Ella respondió con calidez, haciendo que cada duda se desvaneciera. 

Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortados, con sonrisas cómplices. Ella jugueteaba con el borde de su negligé mientras decía: —Ahora sí me has dejado sin palabras.

—Eso era precisamente lo que quería lograr.

Ella lo miró con picardía y un toque de desafío en sus ojos. —¿Y ahora qué? ¿Vas a llevarme a la cama o solo vas a quedarte aquí disfrutando del momento?

Él sintió cómo el calor subía a sus mejillas, pero la determinación lo invadió. —Te prometo que no te decepcionaré.

Con una sonrisa cómplice, tomó su mano y le indicó el camino hacia la habitación. Cada paso era un juego de seducción y promesas no dichas. Al cruzar el umbral, él supo que esa noche cambiaría todo entre ellos.

M. D. Álvarez 

martes, 26 de agosto de 2025

La batalla del color.

El silencio fue absoluto; nadie podía arrepentirse. No había tiempo que perder; si llegaban tarde, los supremacistas acabarían por conquistar las tierras del sur y no podían permitirlo. Sabían que ocurriría: pasarían a cuchillo a todos los que no fueran de su raza y color.

Él era un mestizo de padre blanco y madre siux. El resto de su equipo lo formaba un gran abanico de nacionalidades y razas; su lucha sería sin cuartel, no les daría tregua a aquellos retrógrados extremistas. 

La batalla fue dantesca y apocalíptica. ¿Quién creéis que ganó? Claro, ¿quién sino? Ya que en la variedad está la sabiduría del creador: todos diferentes, pero a la vez iguales.

M. D. Álvarez 

lunes, 25 de agosto de 2025

Mirando al abismo.

Había mirado al abismo y el abismo le había devuelto la mirada. 

—Tú no me puedes doblegar, rugió al abismo y le lanzó una feroz mirada. Ya me puedes devolver a mi amada sin mácula o te voy a destrozar, atronó furioso. 

El abismo, desde su oscuridad, lanzó a sus criaturas más terroríficas. Él ni se inmutó; los fulminó con certeros golpes. 

—"Me vas a obligar a bajar y sabes que no te conviene", gruñó cada vez más enfadado.

La sima tenebrosa tembló; algo gigantesco salía, pero él no temía a nada ni a nadie. Por muy grandes criaturas que me mandes, te las devolveré hechas trocitos, vociferó, lleno de ira.

Un gigantesco dragón de escamas rojas emergió ante él. No se movió ni un ápice; lo devolvió a la sima completamente destrozado. 

—Ya me he cansado, voy a bajar y mirar. Te lo advertí: si me haces bajar, te destrozaré y no dejaré piedra sobre piedra hasta dar con ella, refirió colérico.

Comenzó el descenso, cada vez más furioso. Se la habían arrebatado aquellos hijos del abismo y, de muy malos modos, no podía consentirlo.

La traería de vuelta a su reina; cuando estuviera libre, conseguiría calmarse. Hasta entonces, su cabreo era mayúsculo. Continuó su descenso a los infiernos de aquella fosa nauseabunda, poblada por la peor calaña de bestias deformes y aterradoras. 

Cada paso que daba, más preocupado estaba por ella, y su cólera iba en aumento. Cuando tocó fondo, fue recibido por las peores y más sanguinarias criaturas del averno. 

Se deshizo de ellas utilizando su furia interior; ya nada se interponía entre el señor del abismo, que se mostraba, y él, que con rabia mal contenida lo retó a un duelo singular. 

El rey de la fosa se presentó, jaleado por una caterva de criaturas aduladoras y espantosas. El amo de la sima le mostró a su reina.

—¿Estás bien? preguntó él, viéndola atada como una esclava.  

—Sí. Sácame cuanto antes de aquí, por favor —suplicó ella.

El combate fue rápido; el diablo de la sima no le duró ni medio golpe. Utilizó su férreo puño y lo derrotó, aplastándolo aún más en el averno de donde no volvió a salir por miedo a él.

—¿Crees que puedes agarrarte a mi cuello? —dijo él dócilmente a su amada.  

—Sí, pero sácame de aquí, te lo suplico —dijo con una voz casi inaudible.

La escalada fue rápida y cuidadosa; él no quería que ella sufriera daño alguno. Cuando llegaron arriba, la depositó con ternura sobre su capa y derribó la sima para que nada ni nadie saliera de allí.

M. D. Álvarez

domingo, 24 de agosto de 2025

Al borde del abismo. 2da parte.

Ella miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo; era un espacio donde ambos podían reflexionar.

—¿Por qué te pesa tanto eso?, preguntó ella, rompiendo el silencio. —Lo que hiciste fue valiente. No deberías sentirte culpable por defenderte.

Él suspiró, dejando que el viento acariciara su rostro. —No se trata solo de eso. Me siento... confundido. Ese beso, ese momento... cambió todo. No sé si estoy listo para esto.

Ella giró la cabeza hacia él, sus ojos llenos de comprensión. —A veces, las cosas cambian sin que lo busquemos. Solo sucede. Pero eso no significa que sea malo.

—Lo sé, respondió él, su voz apenas un susurro. —Pero tengo miedo de perderte si esto avanza demasiado rápido. No quiero arruinar lo que tenemos.

—¿Y si no lo arruinamos? Ella se acercó un poco más, sintiendo la calidez de su presencia. Podemos descubrirlo juntos. No tienes que cargar con este peso solo.

Él la miró a los ojos y vio en ellos una chispa de esperanza y valentía. Era cierto; cada vez que estaba con ella, sentía que podía enfrentar cualquier cosa, incluso sus propios temores.

—Quizás tengas razón, admitió él con una leve sonrisa. —Tal vez deberíamos dejar que las cosas fluyan y ver a dónde nos llevan.

Ella sonrió aliviada y le dio un ligero toque en el brazo. —Eso es todo lo que pido: que estemos presentes en este momento. Lo demás vendrá solo.

Los dos se quedaron en silencio nuevamente, pero esta vez había algo diferente en el aire: una promesa implícita de explorar sus sentimientos sin miedo al futuro.

Mientras el sol se ocultaba por completo, las estrellas comenzaron a brillar en el cielo nocturno, recordándoles que incluso en la oscuridad hay luz y belleza. Juntos, sintieron que estaban listos para enfrentar lo que viniera.

M. D. Álvarez

sábado, 23 de agosto de 2025

El retorno del Antecesor. 2da parte.

Mientras la lanzadera surcaba el vasto vacío del espacio, ella se sumergió en sus pensamientos. Recordaba la última vez que había visto al Antecesor, su figura imponente y su mirada llena de determinación. Había sido un líder, un faro de esperanza en tiempos oscuros, y ahora su vida dependía de ella.

Los primeros días del viaje fueron tranquilos. Las estrellas se deslizaban a través de la ventana como destellos de luz en un mar negro. Sin embargo, a medida que pasaban los meses, la soledad se hacía palpable. Se aferraba a los recuerdos de sus compañeros y a la promesa de un futuro mejor. Sabía que el tiempo corría en su contra; cada día que pasaba era un día más cerca de la caída de la perla.

Un día, mientras revisaba los sistemas de navegación, recibió una alerta: un pequeño grupo de naves enemigas había sido detectado en su trayectoria. Su corazón se aceleró. No podía permitir que la misión fracasara. Con manos firmes, ajustó los controles y comenzó a maniobrar para evadirlas.

A medida que las naves se acercaban, recordó las enseñanzas del precursor sobre estrategia y valentía. Con astucia y rapidez, logró esquivar sus ataques, pero sabía que no podría mantener esa táctica por mucho tiempo. Necesitaba una solución.

Decidió utilizar el sistema de camuflaje de la lanzadera. Activó el dispositivo y se sumergió en el silencio del espacio, confiando en que los enemigos no la detectarían. Mientras flotaba en la penumbra estelar, sintió una mezcla de miedo y determinación; estaba más cerca que nunca de cumplir su misión.

Finalmente, después de lo que parecieron eternos meses, avistó el planeta donde se encontraba el Antecesor. Su corazón latía con fuerza; sabía que esta sería la clave para salvar todo lo que amaba. Sin embargo, también era consciente del desafío que enfrentaría al encontrarlo: ¿estaría dispuesto a regresar? ¿Se sentiría capaz después de todo lo que había sufrido?

Con una profunda respiración, aterrizó la lanzadera y se preparó para lo desconocido, lista para enfrentar cualquier cosa por el bien de los sistemas libres.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 22 de agosto de 2025

El retorno del Antecesor.

Planetas y más planetas iban cayendo bajo el dominio de aquel monstruo. Inexorablemente, se iba acercando hacia la perla de la congregación de sistemas libres, y si caía la perla, los sistemas libres se hundirían irremisiblemente. Solo había una esperanza: que el Antecesor regresara de su retiro. 

Había quedado visiblemente destrozado, pero seguía vivo. Nadie conocía su lugar de descanso. ¿Nadie? Bueno, alguien sí conocía su ubicación: ella, la única que se atrevió a socorrerlo cuando luchó por ellos. En una de las muchas crisis mundiales, los líderes la obligaron a ir a buscarlo. 

Partió en una pequeña lanzadera; su ubicación distaba un par de pársecs, pero le llevaría alrededor de seis años y medio viajando a la velocidad de la luz.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 21 de agosto de 2025

Entre risas y estrellas.

Le sorprendió el grupo de jovencitas que se abalanzaron sobre él; si no hubiera estado ella, que las mantuvo a raya, seguramente las tendría tras de mi rastro. 

—Que, si yo no he hecho nada —le dije con cara de no haber roto un plato—. 

—Si eso, tú, pome ojitos —dijo ella, derritiéndose por mí.

Las jovencitas, riendo y empujándose entre ellas, parecían no tomar en serio la situación. Ella, con una mezcla de determinación y diversión, se plantó frente a él, desafiando a la multitud.

—¡Chicas! —gritó—. ¡Dejen en paz a este chico! 

El grupo se detuvo, sorprendidas por su osadía. Él sonrió, sintiéndose un poco más seguro gracias a su presencia. 

—¿Te das cuenta de que eres mi heroína? —le susurró, mientras las chicas empezaban a dispersarse, aún riendo.

Ella lo miró con complicidad y un leve sonrojo en las mejillas. 

—No seas exagerado. Solo que no me gusta que te acosen.

Con el peligro disipado, comenzaron a caminar juntos de nuevo. La noche se sentía mágica; las luces del parque brillaban como estrellas caídas, y el aire fresco traía consigo el aroma de las flores nocturnas.

—¿Qué tal si vamos a tomar algo? —sugirió él, sintiendo que la tensión había desaparecido por completo.

—Solo si prometes no sacar tu cuchillo esta vez —bromeó ella, riendo.

Él se echó a reír también, disfrutando del momento. Esa noche, entre risas y complicidad, comenzaron a descubrir un nuevo mundo juntos.

M. D. Álvarez 

El lobo del caos.

El enigmático mundo regido por el caos se desenvolvía entre guerras y atrocidades. Sus dirigentes se vanagloriaban de ser los más salvajes y aterradores de todo el orbe conocido, pero tenían sus días contados como los más salvajes, pues su fama llegó a una región oscura y violenta del universo desconocido, donde yo, la criatura más despiadada de todas las creadas, me ofendí al saber que se vanagloriaban de ser los más sanguinarios. 

Ya iba siendo hora de bajarles los humos. Me trasladé en una pequeña nave espacial a aquel siniestro mundo de caos y desolación. 

Mi aspecto no pareció asustar a los habitantes de aquel planeta; cuando me vieron descender de mi nave, mis tres metros de envergadura y mi cuerpo cubierto de pelo hirsuto. Mi musculatura no pareció amedrentarles, pero lo que verdaderamente los aterrorizó fue la hermosa cabeza de lobo que lucía, con los ojos azules y la aterradora hilera de dientes que asomaban por mi morro. Huyeron despavoridos; sabían que su final se estaba acercando.

—Qué fácil he despejado la pista de aterrizaje sin hacer ningún esfuerzo. Esto va a ser pan comido —dije, y lancé un espeluznante aullido que puso a todo aquel mundo en fuga. —Vaya, si yo solo quería jugar un poco —dije para mí.

Dediqué un par de meses a destruir y derribar a aquellos que se habían autoproclamado los más salvajes, sanguinarios y atroces.

Cuando acabé con todos, volví a mi lugar de origen: el universo desconocido. Había cumplido mi cometido y había demostrado una vez más por qué era temido y respetado."

M. D. Álvarez 

miércoles, 20 de agosto de 2025

Desde la guardería. 2da parte.

Ella quedó paralizada, con el corazón latiendo desbocado al reconocerlo. Aquella figura familiar, aunque un poco más alta y marcada por las experiencias, era el niño que había sido su mejor amigo. La sorpresa y la alegría se entrelazaban en su pecho, pero también había una sombra de tristeza por todos esos años perdidos. 

“¿Eres tú?” logró decir, su voz apenas un susurro mientras los matones se alejaban, dejando atrás la amenaza que habían representado. Él se giró hacia ella, sus ojos azules brillando con una mezcla de emoción y un leve atisbo de culpa. 

“Lo siento mucho”, respondió, la sinceridad en su tono resonando en el aire. “Tenía que irme… no podía quedarme.” 

Ella asintió lentamente, sintiendo que las palabras eran insuficientes para expresar lo que había vivido en su ausencia. Sin embargo, el alivio de verlo allí, dispuesto a protegerla como siempre lo había hecho, llenó el vacío que había dejado su partida.

“¿Por qué volviste?” preguntó finalmente, un destello de esperanza iluminando su mirada.

“Porque no podía seguir huyendo. Te prometí que siempre te cuidaría, y eso es lo que vine a hacer.” Con esas palabras, él dio un paso hacia ella, extendiendo la mano como si estuviera tratando de cerrar la brecha del tiempo.

“Puedo ayudarte”, continuó, “si me dejas entrar de nuevo en tu vida.”

Ella dudó un instante, pero algo en su voz la convenció. Era como si el pasado y el presente se fusionaran en ese momento. “Sí”, respondió finalmente, “pero primero debemos hablar de todo lo que ha pasado.”

Y así, bajo la luna llena y rodeados por los ecos de su infancia compartida, comenzaron a reconstruir lo que una vez fue.

M. D.  Álvarez 

martes, 19 de agosto de 2025

Ensayo clínico.

Sobre la mesa, había un vaso con un líquido granate y, al lado, la medicación que todos los días ella le dejaba, religiosamente, preparada para cuando él llegara de sus entrenamientos.

Su falta de apetito y su constante interés por fortalecer su musculatura lo hacían un candidato para el ensayo clínico, ya que era portador de una enfermedad degenerativa.

Él miraba el vaso con desconfianza, recordando las veces que había ignorado las advertencias sobre los efectos secundarios. Sin embargo, la idea de ser parte de algo más grande lo intrigaba. ¿Y si su sacrificio valía la pena? El entrenamiento lo había llevado al límite, y aunque su cuerpo se fortalecía, su mente también necesitaba esa misma fortaleza.

Mientras se sentaba a la mesa, la luz del atardecer acariciaba su rostro. El recuerdo de ella sonriendo mientras le preparaba la medicación lo llenó de calidez. Sabía que ella creía en él y en su potencial. Con un suspiro profundo, tomó el vaso y se lo acercó a los labios. El líquido granate brillaba como una promesa de cambio.

“Hoy es el día”, pensó. Se prometió a sí mismo que no solo sería parte del ensayo, sino que también demostraría que podía superar cualquier obstáculo, por ella y por su futuro.

M. D. Álvarez 

lunes, 18 de agosto de 2025

El enclave prohibido. 2da parte.

El capitán se despidió de su comandante y se dirigió a su alojamiento temporal. Mientras guardaba sus pertenencias, no podía dejar de pensar en las ruinas y en las palabras del sargento. Algo en aquellas esculturas aberrantes le había dejado una sensación inquietante.

Esa noche, mientras intentaba dormir, tuvo un sueño extraño. Se encontraba de nuevo en la jungla, pero esta vez las ruinas estaban vivas, sus muros se movían y las esculturas parecían observarlo. Despertó sobresaltado, con el corazón latiendo a mil por hora.

A la mañana siguiente, decidió investigar más sobre el lugar. Se dirigió a la biblioteca militar y comenzó a buscar información sobre civilizaciones antiguas en esa región. Encontró referencias vagas a una cultura perdida, conocida por sus rituales oscuros y sus construcciones monumentales.

Intrigado, decidió contactar a un viejo amigo, un arqueólogo experto en civilizaciones antiguas. Le envió un correo detallando lo que habían encontrado y adjuntó algunas de las fotografías.

Días después, recibió una respuesta. Su amigo estaba fascinado y preocupado a la vez. Le explicó que las ruinas podrían pertenecer a una civilización que había desaparecido misteriosamente, y que las esculturas podrían ser representaciones de deidades o guardianes de algún secreto oscuro.

El capitán sabía que debía regresar a las ruinas, pero esta vez con un equipo más preparado. Solicitó permiso para una nueva expedición y comenzó a planificar el viaje. Antes de partir, llamó a su pareja para informarle de sus planes.

—Cariño, tengo que volver a la jungla. Hemos descubierto algo importante y necesito investigarlo más a fondo —le explicó.

—Ten cuidado, por favor. No quiero perderte —respondió ella, con preocupación en la voz.

—Lo prometo. Volveré sano y salvo. Te amo —dijo, antes de colgar.

Con el equipo listo y el permiso concedido, el capitán y su nuevo grupo de exploradores se adentraron de nuevo en la jungla, preparados para desentrañar los misterios de las ruinas y enfrentarse a lo desconocido.

M. D. Álvarez 

domingo, 17 de agosto de 2025

El guardián de la ciudad.

Lo sacaron de su área de confort, donde él se sentía cómodo. Ahora se sentía vulnerable y desprotegido; su naturaleza impasible lo convertía en un ser visiblemente imponente y espectacular. 

Él era patrimonio de la ciudad que protegía y no podía permitir que nada dañara su hogar. Así que se armó de valor e hizo de tripas corazón al enfrentarse con la amenaza que pendía sobre la ciudad.

Con cada paso que daba, el eco de su determinación resonaba en las calles vacías. Recordaba los rostros de quienes amaba y la historia que compartían. La amenaza se acercaba, pero su espíritu ardía con fuerza. No solo luchaba por la ciudad, sino por el futuro de todos.

M. D. Álvarez 

sábado, 16 de agosto de 2025

Rosas y nuevas comienzos.

El único problema que ella veía era su actitud, y algo que había comenzado a cambiar: él era más romántico. Todos los días depositaba una rosa sobre la almohada, y cuando ella se despertaba, era lo primero que veía. Siempre estaba pendiente de ella; la mimaba con ternura. Siempre desearon formar una familia, y por eso, cuando le dijeron que no podía concebir, decidieron adoptar. 

La decisión de adoptar llenó sus corazones de esperanza y amor. Ambos sabían que la familia que anhelaban no se definiría por la biología, sino por los lazos que construirían juntos. Empezaron a investigar sobre el proceso de adopción, asistieron a talleres y se sumergieron en libros que hablaban sobre la crianza y el vínculo entre padres e hijos.

Cada rosa que él dejaba sobre la almohada parecía simbolizar un nuevo comienzo. Ella sonreía al despertar, sintiendo cómo ese gesto se transformaba en un recordatorio constante de su compromiso mutuo. Con cada día que pasaba, su amor se fortalecía, y la idea de dar la bienvenida a un niño en su hogar se tornaba más real.

Cuando finalmente recibieron la noticia de que habían sido elegidos para adoptar a una niña, el mundo se iluminó. Se llamaba Valeria, y tenía unos ojos brillantes llenos de curiosidad. Desde el primer momento en que la conocieron, supieron que ella era la pieza que faltaba en su vida, el sueño hecho realidad.

Los días siguientes estuvieron llenos de risas y descubrimientos. Aprendieron a ser padres mientras Valeria exploraba su nuevo hogar, llenándolo de juguetes y risas. Cada noche, él continuaba dejando una rosa en la almohada, pero ahora también había un pequeño dibujo hecho por Valeria junto a ella.

La familia crecía en amor y complicidad. Juntos enfrentaron los desafíos del día a día, desde las travesuras de Valeria hasta las noches en vela cuando tenía miedo a la oscuridad. Pero siempre encontraban consuelo en su amor mutuo, recordando que habían elegido este camino juntos.

Así, poco a poco, construyeron un hogar donde cada rosa era un símbolo no solo de romanticismo, sino del profundo compromiso que tenían entre sí y hacia su hija. En ese espacio lleno de amor y risas, entendieron que la familia no siempre se forma como uno espera; a veces es aún más hermosa cuando surge del corazón.

M. D. Álvarez 

viernes, 15 de agosto de 2025

La lealtad de un guerrero

Sería lo más acertado y no debía arrepentirse por ello; conseguiría liberarse y sacarla de ahí. No era un ambiente muy recomendable para ella, y él lo sabía. Por eso, se entregó y así ella no tendría por qué escoger entre delatarlo o sufrir las consecuencias. Sintió el dolor y la duda de ella en aquella intensa mirada. 

–Ya está hecho, no hay vuelta atrás, le dijo levantándose. Llevaba las manos arriba, no se resistía, y lo primero que sucedió fue que le propinó un puñetazo al hígado que lo dobló, pero se incorporó y siguió avanzando hasta situarse frente al coronel.

Su rendición tenía un precio: debían liberar a su equipo. El coronel tuvo dudas, pero aceptó la cláusula de claudicación. Al fin y al cabo, tenía a su líder; su equipo no era nada sin la cabeza pensante.

Se lo llevaron ante el estupor de su grupo. Ella estaba aterrada; no comprendían cómo habían llegado hasta aquel punto de no retorno.
Reescrito: El corazón de ella martilleaba en su pecho, un ritmo frenético que resonaba en sus oídos. La habitación giraba a su alrededor, y una ola de náuseas la invadió. No podía creer que todo hubiera llegado a esto.

El coronel observó a su prisionero con una mezcla de respeto y desdén. Sabía que había tomado una decisión arriesgada, pero también era consciente de que aquel líder tenía un valor incalculable. Mientras lo llevaban hacia la sala de interrogatorios, el eco de sus pasos resonaba en los pasillos, como un recordatorio del sacrificio que había hecho.

Ella, al borde del colapso, se quedó atrás, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de su pecho. La imagen de él, firme y decidido, se grabó en su mente. No podía permitir que su valentía fuera en vano. Con determinación, decidió seguirlos.

Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, él enfrentó al coronel con una mirada desafiante.

—Si piensas que esto terminará aquí, te equivocas —dijo con voz firme—. Mi equipo no es solo un grupo; somos una familia. No descansaré hasta liberarlos.

El coronel sonrió con desdén.

—Eso es lo que quiero escuchar. Pero aquí no se juega a la familia; se juega a la supervivencia. Y tú has puesto tu vida en mis manos.

De pronto, un estruendo resonó en el edificio. Era ella, quien había logrado infiltrarse en las instalaciones. Con un plan audaz en mente y su corazón latiendo con fuerza, sabía que debía actuar rápido.

Mientras tanto, él sentía que el tiempo se agotaba. La incertidumbre era abrumadora. Optó por no esperar, desarticuló sus pulgares y se quitó las esposas. Saltando por encima de la mesa, se abalanzó sobre el coronel, que no lo vio venir. Lo inmovilizó y le quitó el arma. 

—Ahora vas a ordenar a tu guarnición que deponga las armas, o esa pared será lo último que veas, dijo con apremio.

—Deponed las armas, es una orden, dijo con una voz chillona al sentir la presión que él ejercía sobre su cuello.

Ella lo estaba esperando cuando lo vio salir; su alegría se manifestó con una esplendorosa sonrisa. Corrió hacia él, sabía que era insustituible. Aunque se entregara, tenía un plan de escape.

M. D. Álvarez

jueves, 14 de agosto de 2025

Estado de profunda inconsciencia.

"Hablele", dijo el médico. "Si oye su voz, se tranquilizará en su estado de profunda inconsciencia."

Ava no las tenía todas consigo; lo amaba y aquel accidente lo dejó en estado de coma. No estaba segura de que la oyera.

Él seguía perdido en un lugar oscuro y aquel pitido lo intranquilizaba hasta que oyó su voz tranquilizadora. Era como si su voz lo calmara. Escuchó atentamente y se dio cuenta de que le estaba leyendo el libro que él le regaló, una lectura hermosa y florida que su voz meliflua deslizaba a sus oídos y penetraba en su subconsciente. 

Ella se percató de que había movido la mano y se lo comentó al doctor, que raudo observó que las pupilas estaban reactivas; estaba saliendo de su estado de profunda inconsciencia.

M. D. Álvarez 

miércoles, 13 de agosto de 2025

Regido por la blanca Selene.

A la muerta, hoy también le han arrancado la cabeza. Su brutalidad iba en aumento; por lo menos una vez al mes, su alma oscura se abría paso entre pulsiones, distorsionados movimientos y desgarros de su piel.

Surgía una bestia despiadada que, con ansias vengativas por el dolor que le infligieron, buscaba incansable la dulce venganza.

Le habían arrebatado a sus cachorros; ahora le tocaba a él privar de sus primogénitos a los asesinos de sus dóciles criaturitas, que todavía no habían disfrutado de las mieles de la vida.

Cada cabeza cercenada de forma salvaje era mansamente depositada sobre la tumba de sus pequeños, que desde el otro lado aullaban a su madre, la luna. Mientras, su padre, roto de dolor, aullaba a su amada, la blanca Selene, que lo rige una vez al mes cuando su naturaleza indómita se abre paso a un mundo cruel y despiadado.

M. D. Álvarez

martes, 12 de agosto de 2025

El manantial de aguas cantatinas.

El río era caudaloso y ruidoso en su desembocadura; no parecía el manso manantial del que, con trémula calidez, iba mandando un reguerito de suaves hilillos de prístinas aguas. Su nacimiento fue fruto del amor del gran dios tonante y de la brava hija del señor de aquellos lugares. 

La descubrió cazando en los bosques sagrados; sabía las consecuencias de tal acción: debía ser castigada, pero él no podía dejar de amarla e ideó cómo saltarse el castigo. 

Yació con ella y le susurró unas suaves y dulces palabras que, en aquel justo momento, la transformaron en un precioso manantial de aguas cantatinas. 

Cada vez que deseaba estar con ella, descendía sobre el dulce manantial y recitaba las más bellas canciones que la traían de nuevo ante él.

M. D.  Álvarez 

lunes, 11 de agosto de 2025

Protección letal.

Puedo destripar un buey con tan solo unos palillos, así que imaginaros qué podría hacer con un tenedor —dijo, mostrando una feroz sonrisa—.  

Los rivales no sabían a qué atenerse; aquel era el mejor agente, el más cualificado para desmantelar su organización. 

No nos pagan lo suficiente como para dejar que nos arrebaten la vida —terció el que estaba al mando.

Se retiraron en desbandada sin mirar atrás; si lo hubieran hecho, descubrirían por qué había sido tan gráfico: estaba protegiendo a su preciosa bebé. La había depositado en una canastilla al ver aquel grupo de oponentes dirigirse contra él. No podía consentir que la dañaran, y menos en su día de permiso.

—Llegas tarde —apremió su mujer frente a la iglesia. Hoy era el día más especial para su preciosa hija: era el día de su bautismo.

M. D. Álvarez 

domingo, 10 de agosto de 2025

El último sacrificio.

El impacto fue brutal lo percibió al ver a sus amigos correr hacia él no sentía nada sus rostros reflejaban la angustia la bestia lo había golpeado en la columna y arrojado a 20 metros de donde estaba la tropa jaleando a aquel animal 

Sintió cómo perdía sus fuerzas paulatinamente pero no sentía dolor con un gran esfuerzo logró levantarse renqueando volvió al círculo que sorprendentemente quedó mudo al verlo acercarse.

—No seáis tan dramáticos aquí hemos venido a morir luchando, se dirigió a sus amigos que comprendieron de inmediato que debían alejarse .—Tu, animal si crees que me vas a derrotar con un simple golpe estas muy equivocado.  Rugio tentandole a embestirle 

El círculo de matones que arengaba a aquel bravucon se enfureció aún más haciendo que el círculo se estrechara sobre el justo en el último segundo pudo vislumbrar que sus camaradas estaban a salvo y utilizó las últimas energías que le quedaban para implosionar la carga nuclear que lleva implantada en el pecho.

M. D. Álvarez 

sábado, 9 de agosto de 2025

Juguetón.

No tenían tiempo de aburrirse; después de cada misión, tocaba redactar los informes, pero aquello era cosa suya. Ella lo esperaba hasta altas horas de la noche, cuando él cerraba la sesión y volvía a casa. Aún le dedicaba un rato a jugar con su lobo.

Ella no entendía cómo era posible que jugara con su tótem de forma tan cariñosa y no se diera cuenta de que ella se moría de ganas de que jugara con ella, pero a un juego que ella dominaba.

Con sus artes de mujer, deseaba doblegarlo, pero se aguantaba. Sabía que en algún momento él sentiría unas ganas irrefrenables de jugar con ella, pero no sabía que ella tenía una gran persuasión y haría que él fuera dócil y obediente..

M. D.  Álvarez 

viernes, 8 de agosto de 2025

El retorno de John Sanders. 4ta parte.

¿Como que un ente extraterrestre? ¿Y no creíste que esa información fuera necesaria, verdad? –dije, visible y cabreado.

—John, tú eres nuestra última esperanza—, dijo con voz compungida.  

Comencé a calmarme y noté cómo mi cuerpo se relajaba; era como si estuviera encogiendo hasta mi estatura normal. Mi brazo izquierdo menguó hasta desaparecer.  
Los dos gigantes, Angus y Angie, se miraron circunspectos; el suero solo funcionaba un par de horas, o eso creían ellos. Pero no adelantemos acontecimientos.  

—Muéstrame ese ultimátum—, la apremié.  

Se dirigió a un terminal, tecleó y apareció una imagen que me resultó increíblemente familiar, aunque todavía no lo sabía.  
"Me dirijo a los gobernantes del planeta Gauan; les comino a que me entreguen al bienamado hijo de la bella Siriel, huido hace tiempo de los amorosos brazos de su adorada madre".  

—¿Y cuándo recibisteis este mensaje?—, pregunté cautelosamente.  

—Hace 15 días—, dijo ella, sorprendida ante la cautela que yo había tomado.

—Me dejas,— pedí permiso para utilizar el terminal. 

Ella se giró mirando a Angus, que movió levemente la cabeza a modo de concesión. 

Me senté e hice una captura de pantalla de aquel ser; su aspecto parecía humano, pero, según la perspectiva, era un auténtico coloso. Su rostro presentaba una poblada barba rubicunda y unos expresivos ojos verdes. Su estado físico era magnífico; en su antebrazo llevaba un tatuaje que yo había visto en alguna parte. Hice zoom sobre su hombro y vi lo que parecía una portentosa nave espacial desde la que estaban descendiendo tropas altamente equipadas.

—Pues creo que ya vamos tarde. ¿Qué tipo de tropas enviasteis? 

—Diez divisiones de nuestros mejores soldados. 

—¿Y por qué no buscáis a ese hijo de Siriel? Tal vez con él podríais dialogar para que se entregue —dije, recordando a quién se parecía aquel gigante. 

Los cuatro se percataron de lo mismo; los dos subhumanos me apresaron mientras ella les ordenaba que no me hicieran daño. 

—Inyectáselo ya—, oyó rugir a Angus. 

Sentí un leve pinchazo en el brazo derecho y, después, nada: una oscuridad abrumadora que no presagiaba nada bueno.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 7 de agosto de 2025

En retorno de John Sanders. 3ra parte.

John, despierta, ¿me oyes? Despierta. La oía de fondo; me encontraba en la misma cabina, pero había menguado o yo había crecido. Me sentía pesado, pero abrí los ojos lentamente. La vi sonreír y abrir la cabina. Me cogí al borde de la cabina y me alcé. Me sentía repleto y lleno de vitalidad. Miré mi brazo, esperando no hallarlo, pero estaba ahí. No me percaté de que los demás miraban hacia arriba, incluso los dos gigantes que la franqueaban. Incluso Angus me miraba con asombro.

—¿Cuánto llevo dormido? —pregunté.

—Ocho días —respondió, preocupada. Al principio, el suero no surtía efecto; al cuarto día, el suero comenzó a modificar tu metabolismo y regenerar tu brazo.

—¿Puedes aproximarte? —preguntó ella, situada a una gran distancia.

Suavemente avanzó, controlando su cuerpo. En tan solo dos zancadas, estaba situada al lado de ella, que se hallaba subida en una plataforma de 6 metros.

—John, he de hacerte un par de pruebas motoras. Sígueme. 

La plataforma se desplazó silenciosamente hacia una gigantesca puerta. Las puertas se abrieron, dejando ver un gigantesco artefacto que le recordaba a una estación de entrenamiento de árbol, pero a tamaño descomunal. 

—¿Crees que puedes realizar un par de serie de 5+1? 

Él se situó frente a aquella estación de entrenamiento y comenzó a golpear con una serie de golpes cada vez más y más rápido. Cuando se dio cuenta, había reducido a añicos la estación de entrenamiento. 

Se giró y la vio; tenía cara de asombro. Su fuerza era pasmosa; ahora debía comprobar si su inteligencia había sido mermada o si había aumentado su coeficiente intelectual.

Las alarmas saltaron; el techo se estaba derrumbando sobre ella. No se lo pensó dos veces: agarró a Angus y a ella y los puso a salvo. Después, con una velocidad de vértigo, se situó entre los pilares que sujetaban la bóveda y extendió los brazos, enderezando las dos columnas.

La oyó decir: —Lo has hecho extraordinariamente bien, John. Has calculado el lugar más seguro y nos has dejado a salvo, y acto seguido has enderezado las columnas base que sujetan la bóveda y minimizado los daños. El suero no te ha mermado la inteligencia; es más, creo que sigues siendo el más inteligente de todos.

—¿Y por qué me parece que he sido tu cobaya? —preguntó, acercándose.

No era mi intención; necesitamos a los mejores y tú eres el mejor.

—¿El mejor para qué? —dijo, visiblemente enfadado.

Hemos recibido un ultimátum de un ente extraterrestre. Enviamos todo lo que teníamos contra él y los borró de un plumazo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 6 de agosto de 2025

La Promesa de Elle.

—¿Inteligencia mejorada? Venga ya, si solo le he hecho una pregunta y se ha colgado con el cable del ratón. A ver si la siguiente es más eficaz resolviendo una simple pregunta. Protestó él, mientras le traía una nueva sintética, mostrando su enfado con la tan cacareada inteligencia mejorada.

Aquí tienes al último modelo; después de ella no tenemos más que mostrarte, recalcó el técnico.

Se acercó y observó las facciones delicadas y perfectas, aquellos ojos grises y su cabello caoba. Lo descolocado era casi idéntico a su antigua colaboradora.

—¿Qué sentido tiene la vida? —le susurró al oído.

La sintética se ruborizó levemente y lo miró con ternura. Sus ojos se clavaron en los suyos y dijo: —El color de tus ojos da sentido a mi vida.

Él quedó pensativo; aquello mismo le había susurrado su fallecida amiga.

—Buena respuesta —refirió él, mirándola a los ojos de un verde intenso como los de ella. —¡Me vale! —exclamó a los técnicos. —Te llamaré Elle —dijo, saliendo seguido de ella.

La sintética sonrió, y él sintió una mezcla de nostalgia y esperanza. Mientras se alejaba con ella, pensó en las posibilidades de esta nueva colaboración. Quizás, después de todo, la inteligencia mejorada no era solo una promesa vacía, sino una oportunidad para encontrar consuelo y nuevas respuestas en su vida.

M. D. Álvarez 

martes, 5 de agosto de 2025

El tótem.

Le costó mucho darse cuenta de que el único tesoro que tenía que importarle lo tenía al lado. Ni todas las pesquisas ni todas las indagaciones le darían una respuesta tan aplastante como la que le habían dicho por activa y por pasiva sus amigos. que no hay mejor tesoro que el que tienes al lado. 

Ella era paciente; sabía que al cabo del tiempo se daría cuenta de que siempre estaba a su lado, tanto en las duras como en las maduras. Nunca lo dejaría, ni ante el peligro y mucho menos en tiempos de paz.

Mientras el lobo corría, ella no podía evitar sentir un ligero pellizco de celos. El lobo parecía ser el centro del universo de él, y aunque lo entendía, anhelaba ser la única que capturara su atención. Decidió que era momento de mostrarle que ella también podía ser parte de su mundo salvaje.

Con un salto ágil, se unió al juego, imitando los movimientos del lobo. Se lanzó al suelo y rodó, riendo mientras atrapaba la pelota antes que él. Su risa resonó en el aire y, por un momento, la conexión entre los tres se volvió palpable. Él la miró con sorpresa y admiración.

—No sabía que podías ser tan rápida —dijo, dejando entrever una chispa de interés en su mirada.

Ella sonrió, sintiendo que había logrado captar su atención. Era el primer paso para demostrarle que no solo era su compañera en las misiones, sino también en la aventura del día a día. Con cada ladrido y cada risa compartida, se acercaban más a ese vínculo que ambos deseaban explorar.

Continuará...

M. D. Álvarez

lunes, 4 de agosto de 2025

Los precursores.

¿Qué son los precursores? La misma palabra lo dice: el que precede a alguien mejor. Pero podría ser que fuera un original con algún defecto; sería cuestión de pensárselo. 

Ahora tratamos de un precursor formidable, uno que ni siquiera podríais imaginar: el primer ser racional que pisó la faz de un joven planeta. 

Ese sería nuestro precursor. Su sabiduría alcanzaría el conocimiento completo de la creación. Le fue suministrada una compañera a la que trató como a una igual. El nombre de él sería Drolikhar y ella recibió el nombre de Leilit.

Drolikhar ostentó el cargo de regente del mundo y ella, regente del cosmos. Su sabiduría los hacía candidatos a ser los últimos precursores, ya que, si no funcionaba la creación, se extinguiría. Transcurrieron eones hasta que Drolikhar deseó a Leilit. Los dos darían origen a los shurhok, criaturas titánicas y salvajes que poblaron aquel primigenio planeta. 

Drolikhar y Leilit, en su sabiduría, comprendieron que los shurhok no solo eran seres de fuerza bruta, sino también portadores de un equilibrio vital. Con el tiempo, estos titanes aprendieron a coexistir con la naturaleza, respetando los ciclos de vida y muerte. Sin embargo, la ambición de Drolikhar creció; su deseo de crear un legado eterno lo llevó a experimentar con los shurhok, buscando dotarlos de inteligencia.

Leilit, aunque cautelosa, apoyó a su compañero en sus experimentos. Juntos, moldearon a los shurhok con características únicas: algunos eran guardianes del bosque, otros maestros del agua. Sin embargo, la intervención de Drolikhar alteró el equilibrio cósmico y comenzó a gestarse una sombra en el horizonte. Las criaturas que habían sido concebidas para proteger el mundo ahora se volvían impredecibles. Así, los precursores se enfrentaron a su mayor desafío: restaurar el equilibrio antes de que todo lo que habían creado se desmoronara.

Utilizaron el poder ancestral para restaurar el orden de las cosas. Todo lo que nace, muere y se transforma; fue lo único que Drolikhar llevaba grabado a fuego en su magno brazo cuando posó sus áureos pies en el planeta aún virgen. 

Así que los precursores dejaron que los shurhok evolucionaran por sí mismos y sé que algunos diréis que evolucionamos de los shurhok. 

Os daré una mala noticia: esto es tan solo ficción; nada de lo aquí relatado tiene visos de realidad, o quizás yo sea la última y genuina precursora.

M. D.  Álvarez 

domingo, 3 de agosto de 2025

El Cantar de los cantares.

La observaba dormir inquieta; sus ojos se movían de un lado a otro, como buscando algo. Rozó suavemente su cabello para tranquilizarla y susurró dulces palabras para calmar sus sueños. Las pesadillas desaparecían en cuanto lo escuchaba murmurar los más bellos versos de amor, del Cantar de los cantares.

Ella se relajó lentamente, su respiración volviéndose más tranquila con cada palabra que él susurraba. Los versos del Cantar de los Cantares fluían como un río de ternura, envolviéndola en un manto de paz. 

"Mi amado es mío, y yo soy suya," murmuró él, acariciando su mejilla con delicadeza. "Como el lirio entre los espinos, así es mi amada entre las doncellas."

Ella sonrió en sueños, sus labios formando un susurro inaudible, como si respondiera a sus palabras. La noche avanzaba, y con cada verso, las sombras de sus pesadillas se desvanecían, dejando solo la luz suave del amor que compartían.

El siempre diluiria las pesadillas con dulces versos de amor.. A medida que la noche avanzaba, el susurro de los versos se convirtió en una melodía suave que llenaba la habitación. La luna, alta en el cielo, derramaba su luz plateada a través de la ventana, bañando a la pareja en un resplandor etéreo.

Ella despertó lentamente, sus ojos encontrando los de él. "¿Estabas aquí todo el tiempo?" preguntó con una voz suave y adormilada.

"Siempre," respondió él, con una sonrisa que reflejaba todo el amor que sentía. "No hay lugar en el mundo donde prefiera estar."

Ella se incorporó, apoyándose en su pecho, y juntos contemplaron la noche estrellada. "Cuéntame más," pidió ella, deseando que la magia de sus palabras nunca terminara.

Él tomó su mano y comenzó a narrar historias de tiempos antiguos, de amores que superaron todas las adversidades. Cada palabra era un hilo de oro que tejía un tapiz de sueños y esperanzas, envolviéndolos en un abrazo cálido y reconfortante.

"Nuestro amor es como las estrellas," dijo él finalmente. "Brilla más intensamente en la oscuridad y guía nuestro camino, sin importar cuán lejos estemos." En ese instante la luna arrojó un brillo etéreo en sus rostros mientras él continuaba su relato. Ella escuchó cautivada y sus preocupaciones se desvanecieron con cada palabra. La habitación se llenó del suave aroma de lavanda, un aroma reconfortante que siempre la había calmado. "Tus ojos", susurró, trazando la delicada curva de su mejilla, "brillan como las estrellas de la mañana. Contienen el universo dentro de ellos, y estoy perdido en sus profundidades". Ella sonrió, su corazón se hinchó de afecto. "Y tú", respondió ella, "eres mi estrella polar, que me guía a través de las noches más oscuras". 

Ella sonrió , sintiendo que cada palabra era una promesa de amor eterno. Y así, bajo el manto de la noche estrellada, sus corazones laten juntos, encontrando la paz y el consuelo de un amor puro y limpio que compartían entre los dos.

A medida que la noche se hizo más profunda, cayeron en un sueño pacífico, con sus cuerpos entrelazados. El Cantar de los Cantares había tejido una vez más un tapiz de sueños, un santuario donde el amor era eterno y el miedo desconocido.*


M. D. Álvarez 

sábado, 2 de agosto de 2025

El águila y la conejita.

Etéreo y sin cuerpo, no podía avanzar al siguiente plano. La amaba y no quería dejarla; su amor en un mundo cruel y despiadado les impedía amarse. Él fue un águila majestuosa y ella era la criatura más dulce y tierna, una linda conejita. Los dos fueron criados juntos.

 La coneja dio calor al huevo que un cazador había encontrado en un nido abandonado. La coneja repartió el calor con sus gazapos y, cuando el cascarón se abrió, el cazador alimentó al polluelo mientras la coneja amamantaba a sus gazapos. 

Cuando terminaba de alimentar al polluelo, lo dejaba con la coneja, que lo acercaba a su barriguita para darle calor. Los demás gazapos lo empujaban y trataban de expulsarlo, solo que la más chiquitina le cedía su sitio. Pero el tierno polluelo la arrimaba con mimo y él se acurrucaba cerquita de ella. 

Cuando crecieron, él se convirtió en una espectacular águila, pero era dócil con su madre de adopción y con la pequeña conejita. Los días de calor asfixiante extendían sus majestuosas alas y proporcionaban sombra a sus amiguitos.

¿Recordáis que os dije que era etéreo y sin cuerpo? Os diré lo que pasó. Mientras protegía a sus amiguitos, no se percató de que un rastrero zorro vigilaba a su tierna conejita. Cuando se lanzó a por ella, el águila se interpuso en su camino, peleó valientemente y clavó sus férreas garras sobre el lomo del zorro, que se revolvió y la atacó, mordiendo su grueso cuello. Pero el águila no aflojó sus garras, muriendo por proteger a su dulce conejita. 

Ella se acurrucó al lado de su férreo amigo hasta que el cazador volvió y, al ver al águila muerta y a la conejita acurrucada a su lado, pensó para sí que la naturaleza del amor es inexplicable.

M. D. Álvarez 

viernes, 1 de agosto de 2025

El totem. 2da parte.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. El lobo, aún jadeando por la carrera, se tumbó junto a ellos, su pelaje brillando bajo la luz cálida del atardecer. Ella se sentó a su lado, acariciando suavemente su lomo, mientras él los observaba en silencio, como si por primera vez viera con claridad lo que siempre había estado frente a él.

—Siempre estás ahí —murmuró él, más para sí que para ella—. Incluso cuando yo no lo estoy.

Ella no respondió. No hacía falta. Su mirada lo decía todo: paciencia, cariño, y una firme determinación de permanecer. El lobo levantó la cabeza y la apoyó en su regazo, como si también entendiera que aquel momento era más que un simple juego.

Él se inclinó hacia ella, con una sonrisa que no necesitaba palabras.

—¿Sabes? Creo que he estado buscando respuestas en lugares equivocados —dijo, con una sinceridad que la hizo contener el aliento—. Y tú... tú siempre has sido la única constante.

Ella sintió que su corazón latía con fuerza, no por la emoción del juego, sino por la certeza de que, finalmente, él comenzaba a entender.

—Entonces deja de buscar —respondió ella, acariciándole la mejilla—. Porque ya lo has encontrado.

El lobo ladró suavemente, como si aprobara la declaración. Y mientras el sol se ocultaba tras las colinas, los tres permanecieron juntos, sabiendo que el verdadero tesoro no era algo que se pudiera encontrar, sino alguien que nunca se había ido.

M. D. Álvarez 


Entre la esperanza y el desespero.

Tenía la cita apuntada en el calendario; Angie lo acompañaría para ver los resultados del último tratamiento. Había estado entrando y saliendo del hospital durante cuatro meses. 

William no notaba mejoría, pero la veía tan esperanzada que no dijo nada. No quería que se preocupara, aunque estaba seguro de que lo oía levantarse e ir al baño a vomitar. Le había prohibido levantarse en su estado; no le convenían los sustos, y estaba vomitando sangre.

Al día siguiente, el rostro del médico lo decía todo: no había mejoría, mi cuerpo se debilitaba cada día más. Angie se desesperó; lo necesitaba ahora que estaba en camino un bebé. Sabía la ilusión que le hacía, así que optamos por un tratamiento drástico.

El doctor le hizo firmar un montón de legajos que no comprendía, pero por ella estaba dispuesto a cruzar el infierno si fuera necesario.

M. D.  Álvarez