jueves, 2 de abril de 2026

Eros.

Porque el bello Eros bajó a la tierra para enamorarse de Psique si podía tener a todas las diosas que se le antojaran. Nada más fácil: las diosas no ven el interior, solo se fijan en la belleza exterior. Psique vio al bello mancebo en todo su esplendor; lo observó con cautela mientras dormía. 

Su deseo por conocerlo y saber cosas de su vida la motivaba a acecharlo tras los árboles. El hermoso efebo sentía su presencia, pero se mantenía distante; nunca había amado a una mortal y no sabía cómo actuar. Siendo él todo un dios del amor, del deseo y de la fertilidad, no sabía cómo abordar a la dulce Psique, que se moría de deseo por él.

Una mañana, mientras el adorable joven dormía bajo un recio roble, ella se encaró a una de las ramas que había sobre él. Se sorprendió al abrir los ojos y verla allí arriba, encaramada.

—Hermosa doncella, ¿qué haces ahí arriba cuando podrías estar a mi lado, reconfortante con mi calor? —preguntó, exhibiendo una sonrisa traviesa.

—Dulce joven, no me mires así, que tus ojos me sonrojan —respondió ella con una voz cantarina mientras descendía del robusto roble.

El joven la recogió, pues en el último tramo ella perdió el pie y cayó en los brazos de él, que mansamente la depositó en el suelo.

Psique, aún temblorosa por el encuentro, sintió que su corazón latía con fuerza. Nunca había estado tan cerca de un dios, y la calidez de su abrazo la envolvía en un hechizo mágico. Eros, curioso y cautivado, se acercó un poco más.

—¿Quién eres, dulce mortal? —preguntó con voz suave, dejando escapar un susurro que parecía acariciar el aire.

—Soy Psique, una simple mortal que ha sido tocada por tu belleza —respondió ella, atreviéndose a mirarlo a los ojos.

Eros sonrió, sintiendo que algo en su interior cambiaba. Supo que el amor no solo se trataba de desear, sino también de arriesgarse a sentir. Así comenzó su historia, tejida entre sueños y anhelos, un amor destinado a desafiar los límites de lo divino y lo humano.

M. D. Álvarez  

miércoles, 1 de abril de 2026

Mi chica.

Su mirada lo decía todo. Ella había acudido a rescame justo cuando me estaban dando una soberana paliza por culpa de una discusión con unos pandilleros que me confundieron con un tipo problemático. 

La vi llegar hecha una furia; se ensañó con todos, los dejó hechos fosfatina y después vino hacia mí con aquella mirada tan sensual que no pude resistirme. Pero algo pasó, porque de pronto hubo un fundido a negro. No recordaba cuánto había pasado desde que perdí el conocimiento. Abrí los ojos y allí estaba ella, con mirada de preocupación; se había dejado un pandillero que me disparó en el hombro.

—Creí que te perdía —dijo, preocupada, mientras me acariciaba suavemente. —No sé qué habría hecho si te llegasen a matar —dijo, dócil y suavemente.

Intenté levantarme, pero ella me lo impidió, sujetándome con cuidado. —No te muevas o se te abrirá la herida —dijo mientras me besaba con delicadeza.

Fue ahí cuando supe que la quería y la amaría hasta el final de los días.

M. D. Álvarez