"¿A dónde me llevas?", le preguntó, tratando de mantener la voz baja para no alertar a su equipo. Él se detuvo y se volvió hacia ella, sus ojos brillando con una inteligencia profunda e inexplicable.
Sin responder, continuó su camino, guiándola a un claro oculto donde la luz del sol caía en cascadas sobre un pequeño estanque. La belleza del lugar la dejó sin aliento. Flores de colores vibrantes rodeaban el agua cristalina, y el canto de los pájaros creaba una melodía perfecta.
"Este es mi hogar", dijo él finalmente, señalando el entorno con un movimiento de su garra. "Aquí estoy a salvo".
Ella miró a su alrededor, sintiendo una conexión instantánea con aquel lugar mágico. "Es hermoso", respondió sinceramente. "Pero también peligroso. Si mi equipo te ve..."
Él asintió solemnemente, comprendiendo el riesgo que corría al revelarse ante ella. "No puedo quedarme oculto siempre", dijo con voz grave. "La selva me necesita, pero también tú pareces necesitarme".
Sus palabras resonaron en su corazón. ¿Necesitarlo? Era cierto que había algo en él que despertaba en ella una curiosidad insaciable y un deseo de protegerlo a toda costa. "¿Por qué me dejaste esa flor?", preguntó.
—Cogí uno de tus objetos y percibí la tristeza en tus ojos al no encontrarlo. Es un trueque, si te parece bien.—dijo visiblemente avergonzado.
El objeto era una pequeña brújula que su padre le había regalado cuando cumplió ocho años. Después de aquello, desapareció en una expedición.
—Si es tan preciado para ti, te la devolveré, dijo, encaminándose hacia el diminuto cubil donde atesoraba las más variadas cosas que había ido hallando en el transcurso de su vida.
Ella sonrió ante la sinceridad de sus palabras y sintió que había algo más profundo entre ellos. Sin embargo, sabía que debía actuar con cautela.
"Prometo no decirle a nadie sobre ti", dijo ella finalmente, sintiendo la determinación crecer dentro de ella. "Pero necesitamos encontrar una forma de mantenerte a salvo".
Él inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, y por un momento, ambos compartieron una mirada que decía más que mil palabras: un pacto silencioso entre dos seres tan diferentes, pero tan unidos por el destino. Le entregó la diminuta brújula con suma delicadeza.
—Siento haberme llevado tu brújula; sé lo importante que son los recuerdos —dijo con tono triste.
A partir de ese día, comenzaron a encontrarse en secreto en ese claro mágico. Ella le traía pequeños objetos de su mundo y él le mostraba los secretos ocultos de la selva: cómo las plantas curaban heridas, cómo los animales se comunicaban entre sí y cómo cada rincón del bosque tenía vida propia.
Con cada encuentro, su vínculo se fortalecía y ella se daba cuenta de que no solo estaba protegiendo al hombre lobo; él también la estaba transformando, ayudándola a ver más allá del mundo científico que conocía.
Pero la corporación no descansaría hasta descubrir lo extraordinario que ella había encontrado. Y pronto, tendrían que enfrentarse a una elección: proteger su conexión o arriesgar todo por el conocimiento.
M. D. Álvarez
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