—Algún día tu buen corazón te jugará una mala pasada", —dijo ella tristemente.
—No soy bueno por naturaleza, pero por mis amigos soy capaz de mover el mundo", —dijo muy serio.
—Lo sé y te creo capaz, pero tienes que tener cuidado, pues no todos son amigos, —dijo ella tocando su pecho.
—Lo sé, pero me resulta complicado dejar de defender a los más pequeños."
—No digo que no los defiendas, solo digo que algunos de esos no necesitan que los defiendan; se pueden defender solos —dijo ella con cariño.
—¿Y a ti te puedo defender? —preguntó curioso.
Ella se echó a reír con una risa cantarina y le dijo: —Tú puedes defenderme cuando quieras —gigante mío.
M. D. Álvarez
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