Siempre se sintió un niño feliz, a pesar de sus limitaciones. Había perdido su brazo derecho cuando tenía 5 años al intentar recuperar un objeto de una trituradora; el objeto era un juguete de una amiguita suya que había sido arrojado por otros niños crueles.
La pequeña, al ver a su amigo meter la mano, corrió a buscar ayuda, pero cuando llegaron, ya era demasiado tarde; el pequeño ya había perdido el brazo. Lo llevaron de urgencia al hospital.
Su naturaleza era la de un temerario; por mucho que le decían que no hiciera una cosa, él tenía que probarlo, y la pérdida del juguete le pesó más que la pérdida de su brazo.
Creció en gallardía, tenacidad y altura. Ella sabía que estaba en deuda con él y le pidió a sus padres que crearan un brazo biónico; el dinero no era problema.
Un día, apareció en la puerta del apuesto joven, que pareció no reconocerla, pero sabía que era ella; la había estado siguiendo en las redes sociales y había seguido su carrera como matemática, sabía de sus logros y de sus éxitos.
¿Sabes quién soy? —preguntó ella tímidamente.
—Claro que lo sé, eres aquella preciosa niñita que me salvó la vida —dijo él con una amplia sonrisa.
—Te he traído un regalo —dijo ella, visiblemente feliz de saber que la recordaba. Le entregó un paquete de gran tamaño.
Él lo abrió y lo que vio lo dejó maravillado. Ella lamentaba apesadumbradamente la pérdida de su brazo y, junto a los mejores científicos en robótica e hibridación, ideó un implante que se adaptaría al receptor como un guante.
Sus habilidades y destrezas con un solo brazo serían mil veces mejores con el nuevo implante.
—¿Me ayudas a colocármelo? —pidió él con semblante agradecido.
Ella le ayudó a ajustárselo y el mecanismo se adaptó admirablemente al muñón; la conexión biónica fue instantánea. Su mano era capaz de coger, mover y sujetar hasta lo más delicado. La tomó de la mano y suavemente besó su delicada mano.
—No era necesario, pero gracias —dijo él, haciendo una floritura a modo de saludo con su nuevo brazo—. Pasa, te invito a un té —dijo adentrándose en la casa—. Siéntate, estás en tu casa —dijo desde la cocina, mientras él preparaba un té.
Ella, curiosa, observó los diplomas y fotografías de la casa.
Poseía el doctorado en ingeniería mecánica por la Universidad de Stanford, un doctorado en mecánica cuántica por la misma universidad, etc. Las fotografías mostraban al niño feliz que siempre tenía una sonrisa para ella; también mostraban su terquedad y tenacidad. Ella esbozó una sonrisa.
—Siéntate, tenemos mucho en lo que ponernos al día.
M. D. Álvarez
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