No podía ser tan complicado; solo había que seguir las instrucciones. Se puso a ello, pero en cuanto se dispuso a leerlas, todo le parecía estar en arameo.
Era un chico muy listo y se guió por los dibujos de las instrucciones, y logró montarlo él solo, solo que le sobraba un tornillo.
No sabía de dónde era, pero lo desechó diciendo que siempre pone uno de más por si se pierde uno.
A la noche, cuando iba a estrenar, la cama con su novia notó cómo se hundían en el colchón y eran absorbidos por un gran agujero de arena que se los tragó.
Mientras los engullía, se dio cuenta de que el tornillo sujetaba una plancha que cubría un objeto, pero estaba seguro de que cuando lo montó no aparecía aquel objeto que se los estaba tragando.
Él había comprado la cama por catálogo, pues en sus efusivos encuentros sexuales habían desvencijado la anterior cama.
M. D. Álvarez
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