Relatos

lunes, 10 de febrero de 2025

La venganza de las moscas.

Estaban de un pegajoso subido. Por mucho que trataban de espantarlas, ellas seguían al ataque, molestando y metiéndose en los ojos y orejas de los allí presentes.

Era muy curioso ver cómo todos trataban de espantarlas con aspavientos, movimientos rápidos y alharacas, pero no había modo; seguían y seguían.

Solo había una persona a la que no osaban molestar: un ser encapuchado. Los seres a los que picoteaban se preguntaban quién era aquel a quien no se atrevían a molestar.

Uno de aquellos insectos se acercó a la oreja de uno de los asistentes y le murmuró: "A él no se le puede tocar, es el señor de las bestias, el amo del submundo." Otro se colocó en la otra oreja y le susurró: "Él os juzgará y sentenciará."

Ellas, las más humildes y repulsivas de sus sirvientes, tenían que asaetearlos con dolorosos picotazos.  

Ellas, las más humildes y repulsivas de sus sirvientes, tenían que asaetearlos con dolorosos picotazos. 

Como señor de las bestias, tenía la potestad de infligir dolor a los seres humanos, tal y como le hicieron a él. Sentenció la diminuta mosquita antes de pícar a uno de los allí presentes 

El ser encapuchado, conocido como el señor de las bestias, permanecía inmóvil, observando con ojos penetrantes a los desafortunados que se retorcían bajo el ataque de los insectos. 

Su presencia emanaba una autoridad oscura y temible, y aunque no pronunciaba palabra alguna, su mera existencia imponía un silencio sepulcral.

De repente, levantó una mano enguantada y las moscas cesaron su ataque, retrocediendo en un zumbido colectivo. Los presentes, aliviados pero temerosos, se miraron entre sí, preguntándose cuál sería el siguiente movimiento de aquel enigmático ser.

Con una voz profunda y resonante, el señor de las bestias habló: “Habéis sido juzgados y encontrados culpables. Pero no por mí, sino por las criaturas que habéis despreciado y maltratado. Hoy, ellas han reclamado su venganza.”

Un murmullo de pánico recorrió a los asistentes. Algunos intentaron huir, pero sus piernas parecían estar pegadas al suelo, como si una fuerza invisible los mantuviera en su lugar.

El encapuchado continuó: “Sin embargo, no todo está perdido. Aquellos que demuestren arrepentimiento y respeto hacia las criaturas del submundo podrán encontrar redención. Pero el camino será arduo y lleno de pruebas.”

Con esas palabras, el señor de las bestias desapareció en una nube de sombras, dejando a los presentes con un sentimiento de incertidumbre y temor. Las moscas, ahora en silencio, se posaron en los alrededores, observando, esperando el próximo movimiento de los humanos.

M. D. Alvarez.

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