Relatos

viernes, 24 de enero de 2025

3:33 la hora demoníaca.

Otra vez, a la misma hora, se despertaba con una sensación de agobio y empapado en sudor. Era como si algo o alguien se le sentara en el pecho y no le dejara respirar ni moverse. 

Estaba completamente paralizado, pero no lograba ver nada; sobre él no había nada, pero sentía sus manos aferrando su miembro, excitándole, llevándolo a una erección prolongada. 

Estaba seguro de que no había nadie allí, pero sentía su boca, su sexo, sus manos, sus piernas, todo su cuerpo contorsionándose para llevarlo a una explosión de éxtasis prolongado. 

No podía controlar su cuerpo cuando vio aquellos ojos rojos observándolo con lascivia. Comenzó a vislumbrar un cuerpo apetecible y complaciente, aunque agotado. 

Aquel ser lo mantenía en una erección continua que no lograba aplacar; lo mordía y lamía con deseo hasta que saciaba su apetito carnal. Entonces, lo dejaba solo y vacío, con una sensación de haber sido apasionada y salvajemente tomado por la fuerza por una criatura oscura. Pero no era posible hasta que miró el despertador: marcaba las 3:33, la hora del diablo.

Y así, todas las noches a la misma hora, aquel ser de piel ardiente lo poseía sin miramientos. No sabía cuánto más se prolongarían aquellos encuentros sexuales, pero aquel ser solo se dejaba ver cuando el estallido orgásmico era incontrolable, dejándolo completamente agotado y sumido en un profundo sueño.

No se atrevió a decírselo a nadie, ya que nadie le creería. Tan solo hubo alguien que presintió que algo no iba bien; lo veía agotado, con visibles signos de no haber dormido bien, pero no se atrevió a preguntar. A ella le gustaba, aunque no sabía si él se había fijado en ella. Sí que se había fijado en ella; la deseaba, pero no podía abrirse a ella, y menos con las visitas nocturnas de aquella tenebrosa criatura.

M. D. Álvarez

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