Sus entrenamientos eran tan feroces y utilizaba todo su potencial que había destrozado tres sacos de boxeo y cuatro columnas de Wing Chun. Su fuerza iba en aumento con cada golpe; buscaba lucirse ante ella. Era su luchador, al que observaba con asiduidad; se escondía para poder disfrutar de su musculatura en tensión.
Una noche, lo siguió hasta su casa y lo observó con deseo. Él se dio cuenta de que alguien lo observaba y se acercó a la ventana; la vio de reojo cuando se ocultaba tras unos árboles y sonrió para sí. Lo había seguido; él salió por la parte de atrás y la sorprendió.
¿Qué buscas?, preguntó él, evitando que huyera y colocando una mano apoyada en el árbol donde ella se había ocultado.
"Nada", dijo ella, tratando de no ruborizarse.
Él acercó su otra mano a su bello rostro, colocándole un mechón de pelo tras su oreja. Ella terminó ruborizándose y tratando de huir, pero él la cogió de la cintura y evitó que huyera, atrayéndola hacia él y la besó cálidamente.
M. D. Álvarez
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