Surgía una bestia despiadada que, con ansias vengativas por el dolor que le infligieron, buscaba incansable la dulce venganza.
Le habían arrebatado a sus cachorros; ahora le tocaba a él privar de sus primogénitos a los asesinos de sus dóciles criaturitas, que todavía no habían disfrutado de las mieles de la vida.
Cada cabeza cercenada de forma salvaje era mansamente depositada sobre la tumba de sus pequeños, que desde el otro lado aullaban a su madre, la luna. Mientras, su padre, roto de dolor, aullaba a su amada, la blanca Selene, que lo rige una vez al mes cuando su naturaleza indómita se abre paso a un mundo cruel y despiadado.
M. D. Álvarez
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