Relatos

lunes, 21 de julio de 2025

La impronta.

Su pelo suave cubría todo su cuerpo. Ella deseaba seguir acariciando a aquel lobo enorme que dormía a sus pies. Era su mascota; se la regaló un buen amigo. Lo recibió cuando era tan solo un cachorro, lo cuidó y mimó, y aquel pequeño cachorrito fue creciendo en tamaño y bravura. Tan solo le permitía el contacto con su dueña al joven que se lo regaló. Extendía la mano para que lo reconociera por el olor; el resto se espantaba y volvía saltando junto a su dueña.

"Vamos a tener un problema", dijo el joven.

"¿Por qué?" preguntó con una mirada pícara.

"Espera fuera", le ordenó ella. El lobo se quedó fuera con cara de no entender nada, pero obedeció.

En la habitación, ella se había decidido; por fin, él era un joven encantador y bien parecido. Él sería el adecuado y su lobo lo respetaba. Se amaron apasionadamente, con mimo y ternura, hasta que el amanecer los despertó. Abrió la puerta y vio a su lobo dormido. Dulcemente acarició su cabeza y descubrió que llevaba un tatuaje en el interior de la oreja, el mismo que su amigo lucía en el hombro. Se giró y lo vio dormido, y sobre su hombro había una cabeza de lobo plateado. Supo desde un principio que lo respetaba por la impronta; él había sido su dueño desde que nació y se lo regaló a ella para protegerla.

M. D. Álvarez 

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