Tenía un plazo de 72 horas para rescatarla y no iba sobrado de tiempo para nimiedades con sus amigos, que lo reclamaban por sus dotes detectivescas. Salió de su casa y cogió su Yamaha; sabía dónde debía indagar: aquel bar donde la habían visto le pondría sobre la pista.
Entró en aquel antro y jaló por las solapas al camarero, que le dijo todo lo que quería saber. Un grupo de moteros, los Coyotes Azules, la había secuestrado y se reunían en un chamizo a 20 kilómetros por la R6.
Se encaminó con cara de pocos amigos; si le habían hecho daño, no dejaría ni uno vivo.
No eran muy despiertos; había dejado las motos aparcadas delante de la choza y se oían risotadas, lo que le hizo entrar en cólera. De una patada, tiró la puerta. Los allí reunidos se sorprendieron y no reaccionaron a tiempo; los eliminó a los diez. Ella estaba colgada de las muñecas, semidesnuda. Él la descolgó y la cubrió con su chaqueta. Ella abrió los ojos y lo vio junto a ella; sabía que él la encontraría. Siempre la protegía con mimo, amor y atención.
M. D. Álvarez
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