Aquel invierno fue helador; nevó casi todos los días. Las cumbres estaban cubiertas por un manto blanco, el riachuelo permanecía congelado, pero en una de las vaguadas donde vivía una pareja de castores, el agua seguía fluyendo sobre el dique de contención.
En cuanto llegara la primavera, el dique sufriría una drástica prueba con el deshielo, cuando tan magnífico caudal llegara en torrente y chocara con el dique y la madriguera de tan dulce pareja. El castor macho se afanaba en cubrir los huecos de su pequeña presa.
Ella lo lamía con pasión, acicalándolo y cogía hierba fresca para poner en el nido para cuando nacieran sus pequeñines. Él asentó fuertemente los cimientos del dique para que aguantara el torrente de agua del deshielo.
M. D. Álvarez
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