Su sempiterno amor lo abrasaba cada vez que lo localizaba; se fundía en un apasionado abrazo y lo devoraba a besos. Él necesitaba respirar, pero su amor era inextinguible.
También la amaba, pero necesitaba explorar sus límites y, para eso, necesitaba escapar de su eterna enamorada.
Cada noche, cuando él dormía, ella lo acariciaba con ternura y le decía que lo amaba con locura, que su amor era eterno y que satisfacía todas sus necesidades. Hubo un día en que ella no lo colmó de caricias y besos, y eso le preocupó; salió a buscarla, encontrándola pensativa.
—¿Me amas? —preguntó ella.
—Siempre —dijo él.
—¿Y entonces por qué me rehuyes? —alegó ella, visiblemente triste.
—Solo necesito algo de intimidad —terció él compungido.
—Está bien, solo tienes que decírmelo y te dejaré un rato solo —adujo ella con una sonrisa arrebatadora. Creía que el objeto de su amor no la amaba, pero todo lo contrario: sí que la quería.
M. D. Álvarez
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