Los dos luchadores siameses se lanzaban dentelladas que herían sus hermosas aletas.
Pudo ser peor, ya que el ser gigantesco que lo observaba todo sacó a uno de los dos contrincantes, al que peor estaba, y lo depositó en un acuario nuevo junto a una preciosa hembra que lo cuidó hasta que recuperó sus fuerzas y sus brillantes y grandes aletas, que fluían mecidas por la corriente del gran acuario que le había brindado el gran monstruo de cuatro extremidades y una gran cabeza.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario