Relatos

lunes, 10 de marzo de 2025

La casa de los horrores.

La aldaba sonó con dos golpes secos: TOC TOC.  
El portalón se abrió lentamente y una niñita de cinco añitos dijo: "¡Truco o trato!". Era una ricura; iba disfrazada de Miércoles Adams.  
"Trato", dijo la joven de dieciocho años. Con una enorme bolsa de chuches, le dio la bolsa entera, que ocupaba casi tanto como la chiquilla. La pequeña salió feliz, enseñando la gran bolsa de chuches que le habían dado en aquel caserón, ajena al drama que se estaba fraguando en esa casa.  

La joven de dieciocho años era una integrante de una facción que, junto a su compañero, habían sido secuestrados con el único fin de conseguir información. 

Mientras ella abría la puerta, los secuestradores torturaban a su compañero. Cuando cerró la puerta, el secuestrador que la vigilaba se acercó a ella y notó cómo la olía. "Tira para dentro, no quiero que mi compañero mate a tu amigo".

El salón lucía como una película de terror. En medio de la sala, su compañero estaba sentado en una silla; el otro secuestrador se cebaba con él. "Conseguiré que grites de dolor", dijo, golpeándole salvajemente, pero él no emitía ni un solo quejido.

Ella sabía que, cuando acabaran con él, se cebarían con ella. Solo esperaba que la chiquilla avisara a la policía; en la bolsa que le había entregado, había introducido un número de teléfono.

"Eh, tú, llévala arriba a ver si le sacas algo".

El secuestrador la empujó escaleras arriba y la introdujo en uno de los dormitorios. La arrojó sobre la cama y le desgarró el niki, dejando sus pechos blancos al descubierto. Los apretó lujuriosamente, le dio la vuelta y le arrancó los pantalones, bajándole las bragas. La penetró con violencia. "Te haré gritar y me dirás todo lo que sabes", dijo él mientras la penetraba una y otra vez, hasta que de pronto se escuchó un estruendo y un fuerte golpe: pasos escaleras arriba y una férrea mano que lo atenaza, sacándolo de encima de ella y arrojándolo escaleras abajo, rompiéndose la columna.

Su compañero, ensangrentado, la cubrió con cuidado con una manta y se sentó a su lado hasta que llegaron los antidisturbios. La chiquilla había cumplido. Él no se movió de su lado a pesar de estar mal herido. "Siento haber tardado tanto", dijo apesadumbrado.

Los antidisturbios irrumpieron en la habitación, asegurando el lugar. Ella, temblando, se aferró a su compañero. Juntos, sabían que la pesadilla había terminado, al menos por ahora.

M. D. Álvarez 

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